Una superviviente de violencia de género comparte su testimonio anónimo sobre el miedo a denunciar, las fallas del sistema de protección y el devastador maltrato psicológico.
Por «Eva» (Nombre ficticio).
Sobrevivir a la Violencia de Género: miedo, silencio y fallos del sistema
Me llamo Eva y soy víctima de violencia de género. Llegué a una comisaría casi por casualidad, sin intención de denunciar. Sin embargo, salí de allí con un informe que reflejaba un riesgo extremo y de especial relevancia.

Me negué a hablar y, a día de hoy, todavía me cuesta revelar todo lo que he vivido. Se habla mucho de la importancia de denunciar, pero casi nadie comprende el miedo paralizante que podemos sentir, incluso teniendo órdenes de protección, pulseras telemáticas y todo tipo de medidas.
Vengo de una familia desestructurada, donde la violencia y el maltrato eran algo normalizado. Mis padres tenían problemas psiquiátricos y adicciones, y yo asumí responsabilidades que no me correspondían. He tenido varios maltratadores en mi vida.
Mi entorno no conoce toda la verdad; en mi familia, solo una persona sabe realmente lo ocurrido. Gracias a psicólogos, psiquiatras, mucha terapia y el apoyo de quienes me quieren, he podido reconocer que nada de lo que vivía era sano.
El Maltrato Psicológico
Siempre fui una persona sumisa, incapaz de alzar la voz. La gente podía creer que tenía una vida cómoda y feliz, pero no era así. A lo largo de mi vida he tenido tres órdenes de alejamiento: dos vigentes y una anterior.
Cuando conocí a mi primera pareja, yo ya estaba completamente anulada por mi familia. Estuve más de una década con él. Incluso cuando empecé a independizarme, él seguía vigilándome y controlándome. Aguanté casi dos años más, hasta que descubrí que además me engañaba: me contagió una ITS y aun así me culpaba a mí. Nunca convivimos, me presumía cuando le interesaba y se aprovechaba de lo que podía.
Con el tiempo comprendí que no solo es maltratador quien pega; el maltrato psicológico puede
ser igual o más devastador. Me menospreciaba, me manipulaba y buscaba que actuara bajo miedo y presión. Con los años fui viendo que investigaba a mi entorno, que controlaba todo, y empecé a desvincularme.
La agresión física y el círculo de la violencia
Ocultaba mi vida a todos hasta que, en ese contexto, conocí al hombre que sí me agredió físicamente varias veces. Aparentemente maravilloso, terminó poniéndome la mano encima. Otras personas me hicieron ver que vivía acoso, maltrato y manipulación, que debía denunciar, pero yo tenía miedo: miedo al qué dirán, miedo a hacerle daño, miedo a que me hiciera daño a mí.
Llamémosle Antonio. Él me ayudó a abrir los ojos, pero al mismo tiempo me anulaba y me hacía sentir insegura. Problemas con su expareja, una orden de alejamiento previa, consumo de alcohol y cocaína… y yo pagando las consecuencias. Me llamaba de madrugada para pedirme dinero; si no contestaba, me amenazaba con denunciarme por maltrato a mis hijos o inventar historias sobre mí. Me obligaba a acudir donde él estaba para “salvarlo”.
Al principio cedía, pero empecé a silenciar el teléfono y apartarme. Había abusado de mí y me había intentado ahogar. Me agarró del cuello y, en pleno estado de consumo, forcejeamos. Logré escapar. No denuncié. Lo perdoné. Y ahí empezó mi peor infierno.
Después de un episodio violento, me convertía en la culpable. Volvía a perdonarlo tras las falsas “lunas de miel”, esas etapas breves donde el agresor se comporta como la mejor persona del mundo. Pero pronto volvía a controlarme, a manipularme y a hacerme sentir responsable de su vida. Cuando intenté alejarme, él aparecía borracho, agresivo, enseguida iba a la cocina y cogía un cuchillo para que yo sintiera más miedo, obligándome a mantener relaciones sexuales y amenazándome con matarme si lo denunciaba.
Sus delirios —pensar que lo vigilaban, que lo perseguían, que escuchaba ruidos— aumentaron mi miedo. Todo esto duró más de un año y medio. La última vez que me pegó, lo hizo delante de su familia y me fisuró un hueso.
La denuncia forzada y la desprotección
Un día se presentó en mi casa por problemas familiares. Le ofrecí ayuda y cometí el error de dejar que se quedara unos días. Ahí vi la muerte de cerca. Sin acceso a sustancias, estaba fuera de sí. Me obligó a mantener relaciones sexuales, rompió objetos de mi casa y se llevó artículos personales. Llegué a comisaría a denunciar un hurto, asustada y callada. Solo quería recuperar mis pertenencias.
Al mencionar que era mi pareja, se activó el protocolo. Escuché desde fuera cómo me amenazaba desde el calabozo. Los agentes me pedían que hablase, que denunciara, pero yo tenía miedo. Al día siguiente volví a declarar, acompañada por alguien, sin más palabras que “tengo miedo”. Salí con una orden de alejamiento que él quebrantó. Hoy existen dos: una con sentencia y otra pendiente de juicio. Me ofrecieron pulsera telemática para él y me negué: tras informarme, supe que podía perjudicarme más de lo que me protegería.
Sigo con miedo, pero con menos ansiedad que si dependiera de una pulsera que puede fallar. Porque si quiere venir a matarme, lo intentará tenga o no pulsera. Me sobresalto por las noches, no me gusta estar sola, temo que aparezca. Me he vuelto casi invisible: cambio de ambientes, de rutinas, de círculos. Muy pocos saben qué hago o dónde estoy. Y, aun así, lo más difícil ha sido sentirme tratada como una delincuente: patrullas en mi puerta, controles constantes, juicios que tardan años. Te juzgan si hablas y también si no hablas.
El sistema dice que protege, pero muchas veces no lo hace. He tenido que ocultarme. Incluso personas de mi entorno se comunicaron con mi agresor, y no sé hasta qué punto le dieron información. Eso nos pone en peligro. A nivel judicial, intenté protegerlo durante mucho tiempo. ¿Por qué? Porque si él no era condenado, era más probable que cumpliera sus amenazas. No por falta de valor para contar lo ocurrido, sino porque el sistema no tiene medios reales para protegernos. A veces el silencio es la única manera de sobrevivir.
No quiero ayudas económicas, ni beneficios fiscales, ni tener policías vigilándome. Quiero poder vivir libre, caminar sin mirar hacia todos lados, sin esconderme. El sistema no funciona: las pulseras telemáticas fallan, los juicios tardan años, y aunque quieras alejarte del proceso judicial, te notifican igual porque a veces actúan de oficio.
No soy una víctima. Soy una superviviente.
Recuperarse es posible, pero necesitas apoyo real. Hay días buenos y días muy malos. Y lo que menos necesitamos es ser juzgadas: necesitamos comprensión y mucha paciencia.
No soy una víctima. Soy una superviviente. Después de toda una vida marcada por la violencia, estoy saliendo adelante. Pero debo ir con cuidado: la vulnerabilidad en la que quedamos puede ser aprovechada por cualquiera, y me he encontrado con quien lo ha intentado. Se necesitan más medios, más formación y más protección y sobre todo que las víctimas no sean las señaladas, sino ellos.
Ninguna víctima debería quedarse callada como lo estoy haciendo por mi protección y la de los míos, pero sobre todo, ninguna debería de llegar a aguantar tanto. La violencia empieza anulándote, retirando el respaldo económico y anulándote socialmente. No solo las mujeres somos víctimas, también hay hombres y ellos, al igual que nosotras, tienen miedo por ser señalados más que por señalar. También nuestros hijos son víctimas, las principales víctimas, los grandes olvidados.