Había una vez, en el corazón del Imperio romano, un joven inquieto llamado Marcelo.
Vivía en una domus luminosa cerca del Foro Romano, donde los vendedores ambulantes aún voceaban frutas, pero los clientes hacían los pedidos por Mensat, una aplicación de entregas que funcionaba con carros eléctricos impulsados por vapor de agua —una maravilla del ingenio alexandrino.
Marcelo en Roma: un imperio con internet
Marcelo tenía diecisiete años y era lo que hoy llamaríamos un nativo digital, aunque él prefería verse como un ciudadano global del ImperiumNet. Desde pequeño, su curiosidad lo había llevado más allá de los límites del latín clásico y los deberes escolares.

Su padre, Tito Flavio, era un comerciante exitoso de vinos y aceite de oliva, y aunque deseaba que Marcelo heredara el negocio, el muchacho soñaba con otra cosa: descubrir el mundo sin moverse de casa.
Cada mañana, Marcelo se despertaba con la luz del sol filtrándose entre los visillos de lino y con el suave murmullo de su tabletum tactilis emitiendo notificaciones: mensajes de amigos en Galia, novedades del Senado, y transmisiones en directo desde el Coliseo. Mientras tomaba su desayuno —pan ácimo, higos y queso—, revisaba su muro en ForumBook, donde los emperadores, filósofos y gladiadores compartían desde citas célebres hasta vídeos virales.
El emperador actual, Aurelius Maximus, tenía más de 200 millones de seguidores y publicaba cada día un vídeo en el que aparecía vestido con toga púrpura, rodeado de laureles digitales, pronunciando mensajes inspiradores con filtros dorados.
—Paz, orden y conectividad. El Imperio avanza gracias a vosotros, ciudadanos digitales —decía, con voz grave, mientras un águila virtual cruzaba la pantalla.
Roma conectada
La vida en Roma había cambiado mucho desde que los ingenieros del Collegium Mathematicum conectaron las provincias a través del ImperiumNet, una red gestionada por el Estado, pero con servidores descentralizados en cada capital provincial.
Los antiguos papiros habían dado paso a bibliotecas digitales. El conocimiento de Galeno, Hipócrates, Sófocles o Tácito estaba al alcance de cualquier escolar. Hasta los legionarios llevaban relojes inteligentes que les indicaban rutas, clima y ritmos de marcha.
Los juicios en el Senado se retransmitían por SPQRTV, y los debates se convertían en tendencia con etiquetas como #LexAgraria o #PanemEtCircenses. Incluso las votaciones populares podían hacerse desde casa, lo que fortalecía la idea del civis digitalis: un ciudadano participativo, informado y siempre conectado.
La sombra bajo el laurel
Pero como suele ocurrir en las historias donde todo parece brillar, también existían zonas oscuras. Marcelo comenzó a notar que ciertos contenidos desaparecían. Cuentas de pensadores críticos eran bloqueadas. Comentarios con dudas sobre el poder imperial eran silenciados por moderadores automatizados del Praefectus Cybernetica, una oficina encargada de la seguridad digital del Imperio.
Fue entonces cuando Marcelo descubrió un canal oculto llamado Veritas, donde pequeños grupos de ciudadanos se reunían en secreto para compartir textos que hablaban de libertad, compasión y justicia social. Entre ellos, nombres como Jesús de Nazaret, María de Magdala o Pablo de Tarso aparecían frecuentemente. Sus enseñanzas, prohibidas por las autoridades, circulaban en archivos cifrados, difíciles de rastrear por los bots de censura.
Marcelo se sintió conmovido. Aquellos mensajes hablaban de amar al prójimo, de perdonar, de repartir el pan con quien tiene hambre, de rechazar la violencia. Algo se encendió en su interior.
Empezó a traducir y compartir aquellos textos en su cuenta personal. Primero en clave, luego abiertamente. Sus seguidores crecieron rápidamente: comerciantes de Alejandría, pastores de Dacia, filósofos de Atenas y esclavos en Hispania empezaron a comentar sus publicaciones.
—La red puede ser usada para algo más que propaganda —pensaba Marcelo—. Puede unir a quienes no tienen voz.
El precio de la verdad
No tardó en llegar la advertencia. Una noche, mientras cenaba con su familia, la pantalla de su tabletum se tiñó de rojo. Un mensaje oficial apareció:
AVISO DEL PRAEFECTUS CYBERNETICA
«Tu cuenta ha sido denunciada por divulgación de ideas subversivas y antisacras. Se recomienda cesar toda actividad no autorizada para evitar represalias.»
Su padre, alarmado, le pidió que dejara todo.
—Hijo, no te metas en política. Esto no es un juego. Ya hemos visto a otros desaparecer.
Pero Marcelo no dio marcha atrás. Sabía que lo que compartía tenía poder. No era solo información, era esperanza.
Creó foros alternativos, canales secretos, redes de mensajes cifrados donde otros jóvenes como él podían leer, preguntar, dudar. Comenzó a ser conocido como «El Bitácora», porque guiaba a otros navegantes por mares invisibles.
Un legado que cruza siglos
Con el tiempo, el emperador cambió. Aurelius Maximus fue sustituido por una nueva generación más abierta. La red, que había comenzado como instrumento de control, se convirtió en un espacio de resistencia, de diálogo y de encuentro.
Marcelo nunca llegó a ser senador ni comerciante como su padre. Pero muchos siglos después, en una lejana universidad llamada Bolonia, un manuscrito digital descubierto en una cripta de Roma llevaba su firma: «Marcelo, civis veritatis», ciudadano de la verdad.
Y así, mientras los turistas aún se maravillan frente al Coliseo o al Panteón, pocos saben que, bajo la superficie de piedra y mármol, todavía resuenan los ecos de aquel joven que soñó una Roma donde la libertad viajara tan rápido como la luz.

