Durante años, muchas conductas vinculadas a la desigualdad entre hombres y mujeres pasaron desapercibidas.
Eran gestos pequeños, comentarios “sin mala intención”, actitudes asumidas como normales. Hoy, buena parte de ellas se agrupan bajo un término cada vez más presente en el debate público: micromachismos.
Micromachismos: cuando lo cotidiano también discrimina
Pero, ¿qué son exactamente? ¿Por qué ahora se señalan comportamientos que antes no generaban rechazo? Y, sobre todo, ¿hemos afinado la mirada o estamos empezando a llamar micromachismo a casi todo?
¿Qué son los micromachismos?
El concepto fue popularizado por el psicoterapeuta argentino Luis Bonino en los años noventa. Se refiere a formas sutiles, cotidianas y normalizadas de dominación masculina que contribuyen a mantener desigualdades de género.
No suelen implicar violencia explícita ni una intención consciente de discriminar. Precisamente por eso son eficaces: se cuelan en la vida diaria, en la pareja, en el trabajo, en la familia o en las conversaciones informales, sin levantar alarmas.
Son “micro” no por su impacto —que puede ser acumulativo y profundo—, sino por su aparente insignificancia individual.

De lo normal a lo cuestionado: el cambio social
Hace apenas unas décadas, muchos comportamientos hoy cuestionados estaban plenamente normalizados. La mujer como responsable principal del hogar, el hombre como decisor final, los chistes sexistas como simple humor o la galantería entendida desde una lógica paternalista.
El cambio no ha sido espontáneo. Responde a varios factores:
- Avances del feminismo, que ha puesto nombre a dinámicas antes invisibles.
- Mayor presencia de las mujeres en espacios de poder, lo que ha evidenciado desigualdades estructurales.
- Cambio generacional, con jóvenes más sensibilizados en cuestiones de igualdad.
- Impacto de las redes sociales, donde conductas antes privadas se analizan públicamente.
Nombrar los micromachismos ha permitido hacer visible lo invisible, pero también ha abierto un debate incómodo: ¿dónde está el límite?
¿Hemos ido demasiado lejos?
Aquí aparece una de las críticas más frecuentes. Hay quien considera que el término se está sobredimensionando, aplicándose a gestos que no implican dominación ni desigualdad real, sino diferencias individuales, educación o contexto cultural.
Algunas preguntas legítimas surgen en este punto:
- ¿Todo comentario torpe es machismo?
- ¿Toda conducta protectora es paternalista?
- ¿Puede existir una lectura excesivamente rígida que genere rechazo en lugar de conciencia?
El riesgo de una hiperinterpretación es doble: banalizar el concepto y provocar cansancio social. Cuando todo es micromachismo, nada lo es realmente. El desafío está en distinguir entre:
- Conductas que perpetúan roles desiguales.
- Malentendidos, gestos neutros o actitudes sin carga estructural.
La clave quizá no esté en señalar constantemente, sino en contextualizar, dialogar y reflexionar.
Micromachismos más comunes en la vida diaria
A continuación, una lista de comportamientos habitualmente señalados como micromachismos. No como sentencia cerrada, sino como punto de reflexión:
- Interrumpir más a las mujeres que a los hombres en conversaciones o reuniones.
- Explicar algo a una mujer asumiendo que no lo entiende, aunque sea experta (mansplaining).
- Dar por hecho que ellas se encargarán de tareas domésticas o de cuidados.
- Preguntar a una mujer cómo concilia trabajo y familia, y no hacer la misma pregunta a un hombre.
- Elogiar a una mujer por su aspecto físico en contextos profesionales.
- Restar importancia a una opinión femenina calificándola de “emocional”.
- Asumir que un hombre “ayuda” en casa, en lugar de corresponsabilizarse.
- Tomar decisiones “por su bien” sin consultar.
- Utilizar diminutivos o apelativos condescendientes en el trato adulto.
- Bromas o comentarios que refuerzan estereotipos de género, aunque se digan “en broma”.
La pregunta final: ¿y tú qué opinas?
La reflexión sobre los micromachismos no debería convertirse en un tribunal permanente, sino en una herramienta de conciencia. Reconocerlos no implica culpabilizar, sino revisar hábitos aprendidos.
La pregunta queda abierta:
- ¿Consideras que estos comportamientos son realmente micromachismos?
- ¿Crees que algunos se han sobredimensionado?
- ¿Te reconoces en alguno de ellos en tu día a día?
Quizá el verdadero avance no esté en tener todas las respuestas, sino en atreverse a formular las preguntas. Porque el cambio social no se construye solo señalando, sino también escuchando, dudando y aprendiendo

