Colaboraciones

EL SABIO DE CASDEMIRO

Feijóo, o la luz que salió de una casa de piedra y vino.

José Antonio Regueiro Docampo (José de Viñoás).

La huella del Padre Feijóo: de las viñas del Miño a la razón

Nació entre viñas, a orillas del Miño, y renunció a la casa, al linaje y a la tierra para servir a la razón. Andar hoy el camino que llevó al joven Feijóo de Casdemiro a las cumbres del Sil es recuperar el pulso de un hombre que enseñó a España a pensar con libertad.

EL SABIO DE CASDEMIRO

«Yo, ciudadano libre de la República de las Letras, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre con preferencia a toda autoridad privada lo que me dictaren la experiencia y la razón». — Padre Feijóo.

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I. La casa, la piedra y el vino

Hay lugares donde la piedra guarda memoria. El pazo de Casdemiro, en la parroquia de Santa María de Melías, jurisdicción de Aguiar (Ourense), es uno de ellos: joya de la arquitectura hidalga rural gallega del siglo XVII.

Aquí la piedra aprendió a esperar.

No fue un palacio de adorno ni una residencia de ciudad. Fue el centro neurálgico de una gran explotación agrícola, casa de labranza y de cosecha, y la familia Feijóo y Montenegro la habitaba al compás de los ciclos del campo, sobre todo del vino. Los inventarios notariales de 1658, promovidos por Jerónima Feijóo, antepasada del pensador, lo confirman: extensas tierras de vid, bodegas propias y ganado en los márgenes del Miño. Un pazo del vino.

Sus reformas y restauraciones han hecho difícil clasificar su planta primitiva, pero aún se lee lo esencial:

El edificio: estructura rectangular de dos alturas, en mampostería de piedra.

El patio: amplio, en dos niveles, cerrado por un sólido murallón.

Los accesos: dos puertas, una adintelada y otra rematada en amplio arco de medio punto, que da paso a las fincas.

Los blasones: en la fachada y los muros, los escudos en relieve de los linajes Puga y Feijóo: un blasón ovalado con yelmo, cruces y conchas de vieira.

«En el año 1676 nació en esta casa el Ilmo. y Rvd. P. M. Feijóo y Montenegro. — Inscripción del dintel»

Dentro se custodió también, históricamente, la singular máscara de cera mortuoria de su rostro.

II. Lugar de peregrinación del espíritu

Quien llega a Casdemiro no visita una casa: visita un despertar.

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Durante los siglos XIX y XX, el pazo fue faro de atracción cultural. Viajaron expresamente hasta la aldea, con devoción de discípulos, Valentín Lamas Carvajal, Manuel Curros Enríquez, Emilia Pardo Bazán y el doctor Gregorio Marañón, para ver la casa natal del maestro ilustrado. Hoy es Monumento Histórico Provincial. Sigue siendo propiedad particular, pero su silueta de piedra se distingue fácilmente desde la carretera de Ourense a Monforte y Lugo.

III. El camino

Antes de ser el Padre Feijóo fue un muchacho que echó a andar. En el siglo XVII, viajar a pie o a lomos de caballería, mula o caballo, como convenía a su posición hidalga, era la única forma de adentrarse en la escarpada geografía de la Ribeira y de las penillanuras montañesas.

Entre Casdemiro y el monasterio había varias sendas: el camino de Cubelas, por Santa Xusta y A Carballeira; por Luintra; por la Magdalena dos Borraxos. Pero lo más lógico era subir por A Costria, en Viñoás, hacia Moura, y de Moura a Alberguería: senderos históricos y naturales que unían la casa natal del Padre Feijóo con el monasterio. Así puede imaginarse su marcha, por etapas:

Salida de Casdemiro. El joven parte del pazo familiar por el camino real, a orillas del Miño, dejando atrás las viñas y las vegas del río.

Ascenso por Viñoás, en el punto de A Costria. Una subida interior obligada, para ganar altura hacia la meseta que define la jurisdicción de Ramuín.

El paso por Moura, o por la Magdalena dos Borraxos, hasta Alberguería. Antigua encrucijada de caminos y corazón del descanso de la zona. Para un hidalgo era parada natural y paso estratégico.

O Pombar y Alberguería. Zona de tránsito tradicional previa al monasterio, que ofrecía descanso, cobijo y hospitalidad a viajeros y peregrinos en las rutas de montaña.

Llegada a San Esteban. Se entraba en el cenobio tras una fuerte bajada entre frondosos bosques de robles y castaños centenarios, y de pronto, en lo alto de un otero, sobre la penillanura, se alzaba la monumentalidad del recinto.

Subió por la costra de la tierra para bajar a la hondura del alma.

Aquella caminata inicial, y las idas y vueltas posteriores entre el cenobio y Casdemiro, no fueron solo un trayecto físico. Fueron el viaje de ida y vuelta hacia su consagración como religioso y pensador.

IV. San Esteban de Ribas de Sil: el silencio que forja

Al llegar al monasterio de San Esteban de Ribas de Sil, el joven se integró en uno de los centros monásticos y colegios de gramática más importantes de España. Allí pasó su adolescencia bajo una disciplina férrea marcada por el silencio, el estudio de las humanidades, el latín y las primeras nociones de filosofía. El aislamiento y la inmensidad del paisaje, la penillanura montañesa y las riberas del Miño y el Sil, no hicieron más que concentrar su precoz intelecto.

El régimen: vida intramuros. La disciplina del Real Colegio de la jurisdicción de San Esteban combinaba el rigor intelectual con las estrictas normas de la orden benedictina. La jornada, reglamentada hasta el detalle, la dividían las campanas del claustro en horas de estudio, oración y descanso.

Aislamiento absoluto. Los alumnos vivían apartados del exterior; las visitas a las familias eran excepcionales, y el escarpado cañón del Sil obraba como barrera natural que fomentaba el recogimiento.

El imperio del silencio. No solo se guardaba de noche: durante el estudio, en celdas o biblioteca, toda distracción era severamente amonestada, y las faltas menores se castigaban con ayuno o con la privación del recreo en los claustros.

Vestimenta y compostura. Ropas oscuras y honestas; cabeza baja y brazos recogidos al transitar por el monasterio.

Entre el Miño y el Sil, el pensamiento aprendió a hacerse hondo.

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Las dos materias troncales. La Gramática comprendía el latín clásico, hablado, leído y escrito; la retórica y la dialéctica, el arte de argumentar con solidez y descubrir falacias; y la lectura de los grandes autores humanistas y poetas latinos. La Filosofía, o Curso de Artes, era escolástica, fundada en Aristóteles reinterpretado por los pensadores de la Iglesia, y se dividía en tres disciplinas: la lógica, con sus silogismos; la física y cosmología, con la naturaleza, la materia y el movimiento, bajo principios anteriores a la revolución científica; y la metafísica, indagación sobre el ser y las causas primeras.

El método. No se tomaban apuntes como hoy, sino que se aprendía por un sistema verbal heredado de la Edad Media:

La lectio. El maestro leía un texto canónico, habitualmente de Aristóteles o de comentarios teológicos aprobados, explicaba su sentido literal y de él extraía las tesis.

La repetitio. Al caer el día, bajo la vigilancia de un alumno aventajado, el pasante, se repetía de memoria lo explicado. No se toleraba la improvisación: se premiaba la exactitud literal y la fidelidad a la doctrina.

La disputatio. Era la prueba de fuego. Los estudiantes, divididos en bandos, atacaban y defendían una tesis con las solas reglas de la lógica, todo en latín y de viva voz: uno exponía, el otro buscaba contradicciones y grietas en sus silogismos.

En el latín de las disputas se afilaba, sin saberlo, la espada de un siglo.

Este adiestramiento diario dotó a Benito Jerónimo Feijóo de una agilidad mental y de un manejo de la lógica tan formidables que, años después, le sirvieron de armadura para salir airoso de todas las polémicas de España. Es la paradoja fecunda de su vida: recibió una educación tradicional, ortodoxa y escolástica, y fue el rigor de esa misma lógica lo que le permitió diseccionar y combatir las supersticiones, los «errores comunes» y el atraso científico de su tiempo, en su obra cumbre, el Teatro crítico universal.

V. La renuncia

Tras aquel adiestramiento, el joven Feijóo se enfrentó al dilema definitivo: regresar al pazo de Casdemiro para asumir su herencia o renunciar a todo.

Como primogénito de don Antonio Feijóo y doña María de Puga, estaba destinado por ley y tradición a heredar la jefatura de la casa, los señoríos y las tierras vinculadas al pazo, en las jurisdicciones de Aguiar y Ramuín. Pero en 1690, con apenas catorce años, sacudió las estructuras familiares: decidió no ser el señor de la casa y optar por el hábito religioso.

En la España del Antiguo Régimen, el mayorazgo era inalienable, porque garantizaba que el patrimonio noble no se fragmentase con las generaciones. Para ingresar en un monasterio hubo que seguir un proceso legal estricto: Feijóo firmó la renuncia expresa e irrevocable a todos sus derechos de primogenitura antes de tomar los hábitos, y el mayorazgo recayó en su hermano inmediato, Anselmo Feijóo y Montenegro. Aunque para un padre de la época podía ser un golpe que el primogénito rechazase el legado, la decisión de Benito alivió la presión de una casa noble sumamente concurrida: su hermano tomó las riendas de la administración agraria y del vino, y él aligeró las cargas familiares viviendo bajo el sustento de la Iglesia.

Fue el acto fundacional de su madurez intelectual. Prefirió las rentas del intelecto y el silencio monástico a la vida cómoda pero limitada de un hidalgo rural gallego.

Dejó la llave de la casa para abrir la puerta del mundo.

VI. Las estaciones de un espíritu

Con la libertad jurídica obtenida tras despojarse de los bienes terrenales, viajó ese mismo año de 1690 a tierras de Lugo, al monasterio de San Julián de Samos.

Cambió las fincas y los blasones del Miño por una celda de estudio.

San Julián de Samos (Lugo): el noviciado. Cumplió los dos años reglamentarios y tomó solemnemente el hábito benedictino, profesando en 1692. Se centró en la vida monástica regular, la liturgia, el estudio profundo de la Regla de San Benito y la oración. Samos fue su puerta definitiva a la orden y el lugar de su verdadera metamorfosis.

San Salvador de Lérez y San Juan de Poio (Pontevedra): el curso de Teología. Cursó los cuatro años de Teología. Allí comenzó a distanciarse de la escolástica más rígida, al entrar en contacto con lecturas y corrientes críticas europeas gracias a la rica biblioteca del monasterio.

San Vicente de Salamanca: el doctorado. En el colegio mayor que la orden poseía en la ciudad universitaria por excelencia completó sus estudios superiores de Teología y obtuvo el grado de Doctor. Salamanca le abrió el ambiente académico de más alto nivel de España y perfeccionó su técnica del debate.

San Vicente de Oviedo (Asturias): la cátedra y la obra cumbre. Llegó en 1709 y ya nunca abandonó la ciudad. Ganó por oposición la cátedra de Teología, y más tarde la de Sagradas Escrituras, en la Universidad de Oviedo, donde enseñó durante décadas hasta su jubilación. En la celda de su monasterio escribió las dos obras monumentales que sacudieron la España del siglo XVIII: el Teatro crítico universal y las Cartas eruditas y curiosas. Allí falleció en 1764, consagrado como el gran faro de la Ilustración española.

VII. Una pluma que sacudió a un siglo

Feijóo fue un auténtico pionero y una de las mentes más valientes de su siglo. Cuando empezó a publicar el Teatro crítico universal, en 1726, atacó sin piedad los «errores comunes» de los españoles: desmintió profecías, combatió la astrología, criticó la medicina anticuada y defendió que las posesiones demoníacas solían ser trastornos médicos o sugestión. Y lo hizo sin pretender quitar la fe, sino la venda.

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Y con la misma pluma dijo lo que todavía escuece a los avaros del alma:

«No pretendo desterrar del mundo los Almanaques, sino la vana estimación de sus predicciones… pero la parte judiciaria que hay en ellos, sin embargo de hacer su principal fondo en la aprehensión común, es una apariencia ostentosa, sin substancia alguna.»

«Si los Astrólogos dijesen siempre la verdad, no se admiraran tanto sus aciertos.»

«Con este auxiliar nada tengo que temer de parte de los Astrólogos, ni aun de parte de los Astros: pues el sabio a aquéllos los convence, y a éstos los domina.»

«El vulgo es un ciego que guía a otros ciegos.»

«Tiene la ciencia sus hipócritas, no menos que la virtud, y no menos es engañado el vulgo por aquéllos que por éstos.»

«El avaro ya se sabe que es un mártir del demonio… Tiene hambre y no come; tiene sed y no bebe; tiene necesidad y no reposa: jamás se ve libre.»

«Es así que comúnmente se concibe la virtud toda asperezas, el vicio todo dulzuras; la virtud metida entre espinas, el vicio reposando en lecho de flores. Pero éste es un error, y el error más nocivo entre cuantas falsas opiniones sustenta la ceguera del mundo.»

VIII. La defensa de las mujeres

Fue un monje, y desde una celda, quien abrió una ventana.

En 1726 publicó, en el primer tomo del Teatro crítico universal, su «Defensa de las mujeres». En la España del siglo XVIII este texto no solo fue revolucionario, sino profundamente peligroso para los sectores más tradicionales, pues atacaba frontalmente los cimientos del orden social. Era una época en que las mujeres carecían de derechos civiles y educativos.

La corriente mayoritaria, apoyada en una interpretación rígida de la escolástica y de la medicina antigua, afirmaba que eran físicamente más débiles y mentalmente inferiores por naturaleza. Feijóo lo desmontó con la lógica más pura:

Explicó que la mente de una mujer tiene la misma capacidad potencial que la de un hombre para el razonamiento, la ciencia y la filosofía. Y fue directo al origen del problema: si las mujeres no destacaban en la ciencia, la política o las artes, no era por falta de inteligencia, sino porque la sociedad les prohibía el acceso a los libros y al estudio. Denunció que se las confinaba al hogar y a las labores manuales, privándolas del desarrollo intelectual concedido a los hombres, y que luego se usaba esa falta de educación para tacharlas de ignorantes.

Para callar a sus críticos, llenó el ensayo de ejemplos históricos: mujeres que gobernaron imperios con maestría, lideraron ejércitos, sobresalieron en la poesía y resolvieron complejos problemas filosóficos y científicos a lo largo de la historia universal.

¿Por qué era tan peligroso? Para la nobleza rancia, los teólogos escolásticos y los médicos de la época, aceptar que la mujer era igual en inteligencia significaba: que se tambaleaba la autoridad absoluta del marido en el hogar; se abría la puerta a que las mujeres estudiaran en las universidades o que se cuestionaban las leyes de herencia y los propios mayorazgos, que favorecían siempre al varón.

Muchos de los libelos y ataques furiosos que recibió nacieron del rencor de hombres humillados al ver que un monje benedictino, desde su celda, defendía que sus madres, esposas e hijas tenían la misma lucidez mental que ellos.

«El entendimiento no tiene sexo».

IX. La tormenta y el escudo

El Teatro crítico desató una auténtica guerra intelectual. Los sectores más tradicionales, los médicos defensores de las sangrías y los teólogos escolásticos lo acusaron de «hereje», de «mal católico» y de propagador de ideas extranjeras peligrosas. Fue denunciado repetidas veces ante los tribunales del Santo Oficio en varias ciudades de España, que pedían prohibir sus obras de inmediato. Aunque en el siglo XVIII las ejecuciones en la hoguera ya eran muy raras, lo que se jugaba era real: la cárcel inquisitorial, la confiscación de sus libros y la ruina absoluta de su reputación.

Pero el Consejo de la Inquisición analizó detenidamente sus textos y dictaminó que Feijóo no atacaba los dogmas de la Iglesia, sino las supersticiones absurdas, y lo declaró absuelto.

El escudo del Rey. Su gran protector fue Fernando VI. Fascinado por la lucidez del monje y harto de las campañas de acoso de los ultraconservadores, adoptó en 1750 una medida drástica y sin precedentes: una Real Orden que declaraba su total simpatía por Feijóo, ordenaba el silencio absoluto de sus críticos y prohibía terminantemente imprimir o publicar contra el monje ataque o libelo alguno. Aquello lo blindó, en su celda de Oviedo, de por vida.

Los defensores. Contó también con el ala más ilustrada de la corte y de la Iglesia:

El Marqués de la Ensenada, uno de los ministros más poderosos de Fernando VI, que impulsaba la modernización de España y compartía el deseo de abrir las fronteras a la ciencia europea.

El Padre Martín Sarmiento, erudito monje benedictino, también gallego y amigo íntimo, que escribió encendidas defensas públicas del valor patriótico y científico de su obra.

Gracias a este férreo apoyo de la monarquía y de los nobles ilustrados, el sabio de Casdemiro esquivó los calabozos inquisitoriales.

España cambió para siempre porque su pluma no pudo ser silenciada.

X. La libertad y la gracia

Feijóo fue racional, pero no seco. Detrás del crítico latía un hombre de asombro. El mismo que enseñó a sospechar de los hipócritas de la ciencia sabía nombrar lo que la razón no abarca:

Esa doble luz, la de la lógica y la de la gracia, es la que sigue viva. Enseñó que el discípulo que se rinde al maestro sin atender a sus razones no merece ese nombre:

«¡Oh, qué misteriosa, qué oculta, qué incomprensible es aquella gracia que, sin presentarnos objeto alguno determinado, arrebata el alma!»

«Tiene Dios en su alta comprensión infinitas perfecciones que no tienen nombre entre los hombres… Cuando una centella de estas perfecciones se trasluce por algún secreto resquicio del alma, causa un movimiento de admiración y amor tan vago como inefable. No sabemos lo que es, porque la idea es confusa; pero sabemos que es divino, porque nos arrebata sobre nosotros mismos.»

«Quien de tal modo se rinde a la autoridad del maestro que no atiende a las razones de lo que enseña, no es discípulo, sino esclavo.»

Ante esa gracia que la razón no alcanza, solo cabe ya la admiración, y el canto.

XI. Elegía a Casdemiro

¡Oh piedra de Casdemiro, umbral del alba,

donde el vino y la luz se hicieron uno!

¡Oh casa que guardaste, bajo el blasón callado,

la semilla de un siglo!

¡Oh camino de Viñoás, ceniza y oro,

que subiste hacia el Sil con el muchacho!

¡Cuánto silencio santo en tus castaños,

cuánta promesa inmensa en tus robledos!

¡Oh renuncia! ¡Oh llave abandonada!

«Dejadlo todo y seguidme», dijo el Señor,

y el niño de catorce años lo oyó

como quien oye su nombre en la campana.

¡Oh Samos, oh noviciado, oh claustro de la aurora!

¡Ora et labora, hondo pan del espíritu!

Cambió el señorío por la obediencia,

y halló en la pobreza su heredad más rica.

¡Oh celda de Oviedo, oh lámpara vigilante,

donde la pluma ardió sin consumirse,

como la zarza que vio Moisés en el monte!

¡Oh sabio que nos diste, a los ciegos,

la luz, sin pedir nada!

«¡Oh, qué misteriosa gracia arrebata el alma!»,

escribiste, y el alma te arrebató a ti.

Ya no está el monje… ¿dónde su voz? ¡Aquí!

En el viento del Miño, en cada viña,

en cada mente libre que despierta.

¡Requiem aeternam, Padre Feijóo!

¡Descansa en la luz que buscabas!

Y tú, centella de aquella perfección sin nombre,

¡arrebátanos, Señor, sobre nosotros mismos!

Amén.

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Cierre

Desde el otero de Casdemiro, mirando al Miño y al Sil, uno entiende que Feijóo no se fue de su tierra: se la llevó puesta, como una luz. Quien hoy recorra el camino de A Costria a Moura y a Alberguería no pisará solo un sendero de robles y castaños, sino la huella de un hombre libre.

Nació entre viñas; murió entre libros; vive en cada mente que se atreve a pensar.

«El entendimiento no tiene sexo».

Autor: José Antonio Regueiro Docampo (José de Viñoás)
Hoy 30 de Septiembre de 2026 desde las orillas ribereñas, de
Viñoás a Melías

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