¿Cómo termina un hombre noble, criado a la sombra del Pacio de O Pombal, encerrado en una de las prisiones más temidas de la Guerra Civil?
Crónica de José Antonio Regueiro Docampo (José de Viñoás).
La Lira de Tourón: El escultor que la prisión no pudo quebrar

La historia de José Celso Doval Barbeito es la de un artista íntegro. Todo empezó en la feria de Ponte Caldelas, donde Celso fue detenido mientras vendía dos vacas para sustentar a su esposa, María Lucila, y a su pequeña hija, Aurita. Su único «delito» fue su compromiso social como cantero afiliado a la UGT y el gesto de libertad de haber depositado un folleto sindical en un buzón.
De la feria pasó a la prisión de Ponte Caldelas, y de ahí al cautiverio en el temido Lazareto de la isla de San Simón. Allí, entre los muros de piedra y el mar de la ría de Vigo, Celso resistió meses de profunda injusticia. Aunque el propio tribunal militar admitió posteriormente que «no había méritos» contra él, fue retenido de forma arbitraria. Al salir, la paradoja de la guerra lo golpeó con crueldad: fue obligado a combatir en el ejército de quienes lo habían perseguido.
Pero el arte y la palabra son más fuertes que los muros. Celso regresó a su tierra y nos dejó un legado eterno: la lira de piedra que hoy preside el palco de la música, frente a la iglesia de Tourón. Además de escultor, herrero y maestro carpintero, Celso era un poeta y un narrador extraordinario. Cuentan que, ya anciano, las gentes de la comarca se acercaban a él y pasaban horas escuchando sus relatos históricos y de caza, cautivadas por su voz y su sabiduría.

Celso Doval no fue solo un preso de San Simón; fue el alma de un pueblo que se niega a olvidar. Su lira sigue ahí, recordándonos que la belleza y la decencia siempre encuentran el camino para florecer sobre la piedra.
El origen: Raíces de hidalguía y el Pacio de O Pombal
La historia de José Celso Doval Barbeito comenzó en la parroquia de Santa María de Tourón en 1911, en el municipio pontevedrés de Ponte Caldelas. Sus abuelos habían llegado a estas tierras procedentes del ayuntamiento coruñés de Abegondo, llamados por una familia noble que poseía casas señoriales y grandes extensiones de cultivo en el sur de Galicia. Esta estirpe ostentaba títulos vinculados a los Portela, los Pacios de Proben y Bouza Rica, equivalentes a hidalgos, condes o marqueses.
Aquellos nobles ofrecieron a los abuelos de Celso vivienda y tierras en régimen de aparcería en O Pacio do Pombal, una imponente casa palacio señorial que evocaba las dimensiones de un castillo medieval. En aquel entorno nació Sofía, la madre de Celso, llamada así en honor a una de las propietarias del pazo, Doña Sofía, quien además fue su madrina de bautismo.
Con los años, los abuelos de Celso adquirieron una propiedad justo frente a la muralla principal de O Pacio do Pombal. En este nuevo hogar nació y creció Celso, pasando su infancia y juventud entre la casa familiar, el castillo y las tierras de O Pombal, además de otras propiedades que los señores poseían en Fornelos, Tenorio, San Clodio, Ribadavia y la comarca del Ribeiro.
Desde muy joven, Celso demostró una fortaleza y una destreza singulares. Trabajaba en las canteras locales extrayendo granito junto a un tío abuelo, acarreando pastas y propiaños en carros de bueyes por toda la provincia de Pontevedra. En sus tiempos libres, recorría los montes con su escopeta y su perro, cazando conejos, perdices, liebres y, en ocasiones, lobos; vivencias que en su vejez relataría con una emoción y un magnetismo que fascinaban a sus vecinos.
El legado en la Piedra
En 1927, Celso participó en la reparación del monumento a San Ramón en Tourón. Su obra cumbre, la emblemática Lira de granito del monte de O Pío, adorna hoy el palco de la música local, protegida por Patrimonio como símbolo de su arte.
Celso destacó pronto en la escultura en granito. Aunque muchas de sus obras repartidas por Pontevedra, Lugo y Ourense carecen de firma, su huella es inconfundible. Su pieza más célebre es la Lira que adorna el palco de la música de Tourón. Una tarde, al regresar con su carro de bueyes, Celso divisó una piedra idónea en el monte de O Pío; la cargó, la esculpió y, con la ayuda de su esposa Lucila, la colocó en el palco con la inscripción: «Voluntarios de Tourón y Buchabad». Aunque el palco fue una obra comunitaria, la lira fue fruto exclusivo de su genio y esfuerzo. Hoy en día, esta pieza se encuentra protegida por Patrimonio.
Además de cantero, Celso regentó dos forjas de herrería en su casa del lugar de Acosta y, posteriormente, abrió una carpintería especializada en la fabricación de carros de bueyes y caballos, así como en estructuras de madera para tejados y viviendas.
El estallido de la guerra y el horror de San Simón
La juventud de Celso transcurría en paz hasta que los negros nubarrones de la sublevación militar de 1936 truncaron el destino de toda España. El día de la feria en Caldelas —en la actual Alameda—, mientras Celso negociaba la venta de dos vacas y lidiaba con el regateo de los tratantes, fue arrestado por falangistas y la Guardia Civil.
La acusación formal se basó en su militancia obrera: lo señalaron por haber depositado un folleto del sindicato UGT en el buzón de un cacique local, por haber instado a los canteros que reformaban la iglesia del Cristo de Gende a exigir mejores salarios, y por haber asistido con otros jóvenes a un mitin de Dolores Ibárruri, La Pasionaria, en Redondela.

Fue encarcelado de inmediato en la prisión de Ponte Caldelas. Allí compartió celda con Alexandre Bóveda, el insigne intelectual galleguista. Celso siempre lo recordó con enorme respeto como una bellísima persona y una mente brillante, antes de que Bóveda fuera trasladado a Pontevedra para ser fusilado en la Caeira.

Penal de San Simón
Posteriormente, Celso fue conducido al penal de la isla de San Simón, el antiguo lazareto de la ensenada de San Simón. En aquel islote coincidió con el abogado y político Adrio Barreiro, con quien compartía confidencias y versos para mitigar el dolor, contando los días, las noches y las campanadas del reloj del presidio.

El Lazareto era, en palabras del propio Celso, un auténtico infierno de terror. Recordaba ver a dos prisioneros lanzarse al mar para huir nadando hacia la playa de Cesantes: uno cayó abatido en el agua por los disparos de los guardias; el otro alcanzó la orilla, donde ya lo aguardaban los verdugos. Celso relataba que los presos vivían en un estado de vigilia permanente, aterrorizados cada noche por el sonido de los cerrojos y el temor a ser los siguientes en la lista de los «paseados», de quienes nunca se volvía a saber. Los golpes con las culatas de los mosquetones en los pies descalzos y las humillaciones constantes desfiguraban los rostros de los cautivos, que por las mañanas apenas lograban reconocerse entre sí.
Gracias a las incansables gestiones de su madre Sofía y su esposa Lucila, y a la oportuna intercesión y aval de los propietarios de O Pombal y otras influencias familiares, a Celso no se le pudieron probar cargos y finalmente fue puesto en libertad.
La ironía del frente: Luchar con los verdugos
La libertad, sin embargo, no trajo la paz. Aquellos mismos que lo habían encarcelado, las fuerzas sublevadas, lo llamaron forzosamente a filas. Celso se vio obligado a combatir bajo las órdenes de Francisco Franco, defendiendo una causa diametralmente opuesta a sus ideales. «No me quedó otra», recordaba con amargura.
Fue enviado en primera línea a las trincheras de los frentes de Castilla, Asturias y Teruel. Su batallón era utilizado constantemente como fuerza de choque en terrenos desfavorables, destinados a ser aniquilados. Durante un cruento combate colina abajo, en medio del silbido de las balas, Celso llegó a la orilla de un riachuelo y se topó de frente con otro soldado. Ambos encañonaron sus armas dispuestos a disparar, pero al hablar, el fragor de la batalla se detuvo:
—O idioma salvounos —rememoraba Celso.
Él hablaba el gallego de la costa atlántica y el otro soldado, el gallego del interior, pues era originario de la provincia de Ourense. Al descubrir que pertenecían al mismo regimiento y que la confusión casi los lleva a matarse, decidieron protegerse mutuamente. Aquella era la cruda realidad de una guerra fratricida que enfrentaba a vecinos, amigos y hermanos.
El soldado ourensano le advirtió que la colina estaba sembrada de cadáveres y que si regresaban de inmediato serian acribillados o, peor aún, ejecutados por los suyos al sospechar de su supervivencia. Acordaron ocultarse junto al riachuelo durante dos días. Al reincorporarse a su compañía, alegaron haberse desorientado en el combate, siendo recibidos con vítores.
Celso terminó la contienda con la graduación de soldado de primera, pero con el dolor indeleble de haber sido forzado a combatir junto a sus opresores y en contra de la libertad que siempre defendió.
Crónica de José Antonio Regueiro Docampo (José de Viñoás)
Nota del autor: Esta historia está estrictamente basada en hechos reales. Para aquellos interesados en profundizar en la memoria de José Celso Doval Barbeito, sus familiares y vecinos aún mantienen vivo su recuerdo en la parroquia de Tourón y en la villa de Ponte Caldelas.

