Colaboraciones

O Souto do Foro

(Crónica de la sangre, la piedra, el aceite y el vino)

Texto de José Antonio Regueiro Docampo (José de Viñoás) 

O Souto do Foro

​Hubo un tiempo, antes de que las nieblas artificiales de los embalses robaran el sol de la ribera, en que la tierra no se medía en fríos metros, sino en foros de palabra y honor. En aquel entonces, el Monasterio de San Esteban no era un hotel de lujo para el olvido, sino un coloso de piedra viva que se alimentaba del sudor sagrado de hombres bravos.

​En el rincón bendito de O Souto do Foro se levantaba una bodega que ya era leyenda. No era un simple almacén de cosechas; era la embajada misma de la nobleza gallega que late en las riberas del Sil y del Miño. Allí, bajo el palio reverencial de carballos centenarios, los ribereños de Viñoás y da Carballeira acudían a cumplir con el tributo de sus foros.

También los hombres de las altas tierras de montaña —de Moura, de Luintra, de Espartedo de Cerreda— descendían por las laderas con el peso de la preocupación hundido en los hombros. Pero al llegar, jamás encontraban la mano implacable del recaudador, sino la llave de la bodega entregada con fe y el perdón absoluto de las deudas en la voz de una abuela: ¡María Rosa Gómez Alonso!, nacida heredera en el Pacio Hidalgo de Ramuín. Aquella mujer, con un solo gesto de su alma grande, convertía el vasallaje de la renta en un milagro de humana bondad y fraternidad eterna.

El legado de María Rosa Gómez Alonso y los hombres de bocarribeira

​Aquella era la Galicia de los hombres de bocarribeira, gigantes de una estirpe titánica. Tipos capaces de cargar noventa kilos de vino en pellejos de chivo, desafiando la verticalidad de la roca con aturulos salvajes que hacían temblar las entrañas mismas del cañón del Sil. No subían el vino y el aceite por el Camiño do Convento por vil obligación, sino por puro orgullo de sangre; se desafiaban en regueifas de ingenio mientras sus riñones crujían, elevando el oro líquido a relevos desde el abismo de la ribera hasta las alturas de la Bodega Prior do Souto do Foro, para luego emprender el sendero de A Picota hacia el monasterio.

La promesa de José de Viñoás: la memoria que se niega a callar

El Lagar Vello y el fin de una estirpe milenaria

​En el Lagar Vello, el aceite virgen de los olivos de la ribera —ese tesoro que hoy la selva del olvido pretende ocultar— goteaba con la hermosa lentitud de los siglos. Estaba destinado al sustento de los cuerpos y a mantener encendidas las lámparas votivas del convento y de las iglesias parroquiales. Aquella era una luz que no dependía de cables ni de empresas eléctricas; era el fulgor de la devoción de un pueblo que sabía que el cielo se conquistaba hincando las manos en la tierra.

​Hoy, las cubas gigantes de carballo y castaño, tan altas que parecían sostener las vigas del techo, guardan el silencio sepulcral de una era que se apaga. Esas catedrales de madera, que exigieron la maestría de serradores y carpinteros ya extintos, son los últimos galeones de una civilización que se hunde ante la mirada indiferente de los políticos. Mientras las luces de las ciudades brillan con la energía que se le roba a nuestros ríos, en las aldeas solo queda la niebla herida, el frío del reuma y el eco doliente de los que partieron.

Nos negamos a que la maleza y las zarzas borren nuestra historia

​Cuando los últimos guardianes del Souto do Foro se miran hoy a los ojos, entre trago y trago de vino auténtico, y murmuran con amargura: «esto se acabó», no hablan de una mala cosecha. Hablan del fin de una estirpe que prefirió siempre la verdad de la piedra a la mentira del asfalto. Que lo sepa el joven que lea estas líneas: si alguna vez camina por Viñoás y escucha un grito lejano entre los robles, que no culpe al viento. Es el aturulo de los que, aunque seamos los últimos, nos negamos a que la maleza y las zarzas borren nuestra historia. Porque mientras alguien rescate el nombre de cada rincón, la verdadera Rovoyra Sacrata seguirá latiendo, viva, en la sangre de los que jamás se rinden.

La promesa de José de Viñoás: la memoria que se niega a callar

​En este día gris, asomado desde la atalaya de O Souto do Foro, contemplo con el alma rota cómo las orillas del Miño y el Sil se desdibujan en la penumbra. El agua se marcha, indiferente y veloz hacia su destino, mientras el bosque, los olivos y las viñas se quedan a solas con su soledad milenaria. Hoy, cada socalco y cada muro de la ribera han sido testigos de mis lágrimas. Quisiera lanzar un último aturulo, un grito desgarrador que rompa la niebla y despierte a los antiguos, pero la angustia me anuda la garganta y la tristeza me roba el aliento.

​Sin embargo, dejo aquí grabada una promesa inquebrantable: si algún día, viajero, pasas junto a estos robles centenarios y estos muros de leyenda, y escuchas un eco potente que viaja y estalla por estas bocarribeiras, no le preguntes al viento. Pregúntale a las piedras de este Souto; pregúntale a la memoria viva de los carballos. Ellos te dirán, con orgullo de bronce, que fue un Ribeirao llamado José de Viñoás, quien se negó rotundamente a ser el último en callar.

José Antonio Regueiro Docampo (José de Viñoás) 

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