Colaboraciones

La fábula de la marca y la memoria de la tierra: la verdad amputada del Sil y del Miño

Texto de José Antonio Regueiro Docampo – José de Viñoás.

​Por la dignidad y la carne del rural gallego.

La verdad sobre la Ribeira Sacra: un manifiesto cuestiona la candidatura a la UNESCO

​Hay una verdad antigua y rotunda que jamás ha habitado en los pergaminos mal interpretados de los monasterios ni en los tomos de los historiadores de salón: la verdad biológica y física del pueblo. La tierra no pertenece a las firmas de los despachos urbanos ni a los mapas que dibujan las instituciones; pertenece a la carne, al sudor y a la memoria de las familias que la trabajaron cuando no había cámaras de televisión ni etiquetas comerciales para retratarlas.

La verdad sobre la Ribeira Sacra: un manifiesto cuestiona la candidatura a la UNESCO

​Durante siglos, a las orillas del Sil y del Miño jamás existió el artificio de un eslogan publicitario. Los paisanos de setenta y cinco o más años, los de toda la vida, jamás nombraron su territorio con abstracciones. Sabían distinguir con la precisión que da el cansancio lo que era la ribeira de la penillanura, y lo que era la montaña de la meseta. Se reconocían sencillamente entre ribeiraos y montañeses. Las conversaciones del día a día no respondían a un invento turístico, sino al destino del cuerpo: «Seica vas pra montaña hoxe»«seica xa te vas pra ribeira».

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​Esa geografía viva fue amputada en 1996. Fue en ese momento preciso de los años noventa cuando la administración rescató una marca del olvido para convertirla en propaganda, televisión y etiquetado vinícola: «Ribeira Sacra».

​Se ampararon en una invención fundamentada en un error de traducción. Cuando en el año 1124 la Reina Doña Teresa de Portugal y el Conde Fernando Pérez de Traba firmaron el célebre privilegio en favor del monasterio de Montederramo, otorgaron el territorio de la Rovoyra Sacrata (el Robledal Sagrado). Aquella reina y aquel conde sí sabían perfectamente dónde pisaban: entendían el territorio como una comarca integrada que abrazaba todos sus pisos geográficos, desde la fertilidad viva de la ribera (con «b», de margen y orilla) hasta la dureza campesina de la penillanura, la meseta y la montaña. Ni la reina ni el conde se equivocaron.

​El error nació siglos después, cuando Fray Mauro de la Escalera, recluido en Montederramo, transcribió mal el término al enviar sus notas al historiador Fray Antonio de Yepes. Yepes, vallisoletano de nacimiento, jamás pisó la tierra gallega, jamás vio caer la lluvia sobre el abismo del Sil ni supo lo que era picar una viña. De esa errata de frailes lejanos —convertir el robledal (roboyra) en río (ribeira)— la burocracia moderna de los años noventa extrajo un eslogan idóneo para englobar bajo una misma marca turística zonas que geográficamente nada tienen que ver entre sí, sepultando la nomenclatura real que los abuelos usaban para nombrar sus tierras.

​Lo que no saben los despachos: El mito de lo «heroico» y la postal vacía

​Quienes diseñaron las marcas y redactaron los expedientes para la Unesco son urbanistas de Santiago, A Coruña, Vigo y Monforte que jamás pisaron una viña. No saben lo que es empuñar una azada contra la roca dura ni lo que significa colocar, piedra a piedra, una losa de mampostería seca en los muros para evitar que la ladera se desmorone sobre el río.

​¿Qué es lo que pretenden venderle a la Unesco y al turista desprevenido? Intentan comercializar una postal congelada que ya ni siquiera existe.

​Hablan de una «viticultura heroica» ancestral, pero ignoran la realidad de la transformación: los antiguos culeiros de corras de castaño —aquellos que se encajaban a pulso sobre la cruz de los hombros y la nuca para desafiar el vértigo— han sido sustituidos por cajas de plástico; las nobles cubas de madera de carballo han cedido paso a los depósitos minerales e inorgánicos; y el esfuerzo físico que moldeó el paisaje se ha reemplazado por monorraíles, maquinillos eléctricos o de carburante e incluso drones volando sobre los bancales. Aquel trabajo titánico y manual de antaño ya nadie lo realiza.

​Más sangrienta es aún la mentira ambiental. Venden un «paisaje sagrado» mientras los cauces del Sil y del Miño han sido decapitados por las presas hidroeléctricas, impidiendo que remonte la rica ictiofauna de nuestros ríos: el salmón, la trucha, la anguila, el anguión, el barbo, la boga y la lamprea son hoy fantasmas del pasado. En los bosques rodeados por este decorado institucional ya no queda el canto del urogallo, la perdiz, la codorniz, la becada, el mingolirón, el merlo, la avutarda, el jilguero, el ruiseñor ni la alondra. Han destruido el ecosistema vivo para vender un envoltorio inerte.

​La enmienda de ICOMOS y el secuestro de la soberanía

​El desastre no ha podido ser tapado por la maquinaria institucional. El propio informe desfavorable emitido este 2026 por ICOMOS, el órgano asesor de la UNESCO, ha significado una enmienda a la totalidad contra los despachos oficiales: los evaluadores internacionales han señalado la falta de veracidad, la vulnerabilidad a la despoblación y el absurdo de pretender colar los embalses y el expolio hidráulico como parte de un paisaje cultural auténtico.

​ICOMOS no ha hecho más que ratificar lo que el pueblo gritaba en vano. Más de cincuenta colectivos vecinales y agrupaciones rurales —liderados por la Federación de Asociacións da Ribeira Sacra (FEARS), junto con Interior Galego Vivo (IGV), el Sindicato Labrego Galego (SLG), la Asociación Galega de Viticultura (AGV) y Ecoloxistas en Acción— han alzado la voz denunciando:

  • Falta de democracia: Los límites de la protección se impusieron a espaldas de los vecinos, enterándose estos por la prensa. Exigen formalmente un referéndum ciudadano vinculante para decidir si aceptan someterse al proyecto.
  • La trampa del «decorado»: Mientras se abren las puertas al turismo masificado y descontrolado, al habitante tradicional se le imponen trabas urbanísticas asfixiantes. Se le exige mantener la estética de aldeas que la administración mantiene desprovistas de saneamiento, cobertura telefónica o médicos de atención primaria.
  • Viticultura ahogada: Los pequeños viticultores sufren precios de miseria por la uva mientras las marcas institucionales se lucran con su esfuerzo, abocando al territorio a una despoblación programada.

​Sin personas no hay paisaje

​Ningún sello internacional ni ningún catálogo turístico revivirá un territorio si sus casas se quedan vacías, sus ríos secados por las turbinas y sus montes en silencio. Transformar las riberas en un parque temático para visitantes de fin de semana es acelerar la sustitución de la población local y certificar la muerte definitiva de la comarca.

​La verdadera historia del Sil y del Miño no se escribió con la pluma mal enfocada de frailes lejanos ni con las invenciones de despacho de los años noventa. La escribieron la reina y el conde que conocieron la tierra, los animales que poblaban sus cauces y valles, y las espaldas curtidas de nuestros padres y abuelos. Y si la administración insiste en vender una mentira de cartón piedra ignorando tanto el criterio técnico de ICOMOS como a la propia gente de las parroquias, descubrirá demasiado tarde la verdad más elemental del rural: las piedras no hacen la tierra; la hacen los hombres, las mujeres y la vida silvestre que se obstinan en habitarla.

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