Texto de José Antonio Regueiro Docampo (José de Viñoás).
La historia oficial de las naciones suele adolecer de una profunda, cómoda y perezosa miopía urbana. Se conforma con encumbrar los mitos fabricados a la medida de los grandes desfiles costeros. Aplauden relatos que apenas rasgan la superficie de la verdad.
El León del Interior: La Verdadera Gesta de Cachamuíña frente al Expolio de una ciudad de la Costa Atlántica Occidental
Por eso, cuando el imaginario colectivo gallego evoca la Guerra de la Independencia de 1809, los focos apuntan casi en exclusiva a Vigo y la Porta da Gamboa. Nos han vendido que allí, tras las murallas de la villa olívica, nació y murió la resistencia contra Napoleón. Aquella acción, por muy célebre que fuese, no dejó de ser un sitio estático amparado por los cañones de la armada británica.

Para encontrar el verdadero pulso de la guerra, la estrategia en mayúsculas y la épica militar más salvaje de nuestra tierra, es preciso alejarse del mar. Hay que adentrarse en los caminos de granito, en los valles indómitos y en la memoria del interior. La gloria de Galicia no se fraguó sobre el agua salada; se escribió con la sangre del interior.
La forja de un soldado profesional
Para dimensionar el tamaño real de esta epopeya, resulta imprescindible desenterrar las raíces mismas del mito. Todo comenzó el 20 de marzo de 1771 en la antigua Jurisdicción de Aguiar. Específicamente en el lugar de Cachamuíña, perteneciente a la parroquia de San Salvador de Prexigueiró. Allí, en una provincia de Ourense regida por el Antiguo Régimen, nació Bernardo González del Valle en el seno de una noble casa de la hidalguía rural. De su aldea natal tomó el apodo que infundiría terror en los ejércitos imperiales: Cachamuíña.
A diferencia de los burócratas de despacho, Bernardo se forjó a la intemperie. Ingresó a los veinte años en el Regimiento Provincial de Orense. Su verdadero bautismo de fuego llegó en 1793 con la Guerra del Rosellón. Enviado al frente alpino de los Pirineos Orientales para combatir a la Francia revolucionaria, aquel joven del interior gallego se convirtió en un soldado de una temeridad asombrosa. En mitad del frío extremo, las emboscadas en desfiladeros y la dureza del combate en la alta montaña pirenaica, demostró una capacidad de mando formidable, logrando el ascenso a capitán de granaderos con apenas veintidós años.
Su brillante hoja de servicios sumó una página gloriosa en agosto de 1800, durante la Batalla de Brión (Ferrol). Una poderosa flota británica intentó desembarcar en la ría ferrolana para destruir los astilleros y la base naval. Cachamuíña, como oficial destinado en la plaza, participó en primera línea defendiendo la costa contra el intento de invasión inglés. Su destacada actuación y valentía extrema al repeler el desembarco británico le valieron un merecido reconocimiento militar, siendo ascendido al grado de capitán de infantería. Aquella no fue la forja de un guerrillero fortuito. Fue la de un militar profesional, cuya destreza se templó en los Pirineos y en las playas ferrolanas.
La obra de arte en Boborás
Cuando las águilas imperiales de Napoleón invadieron Galicia en 1809, el mando de la resistencia recayó en este capitán ourensano. Fue el 2 de marzo de ese mismo año cuando Cachamuíña firmó en Pacios de Arenteiro, en Boborás, una obra de arte estratégica que empequeñece el posterior asalto de Vigo.
Sin murallas en las que guarecerse, al mando de apenas trescientos paisanos armados con escopetas de caza desvencijadas, chuzos y hoces de segar, Cachamuíña plantó cara a una columna de más de mil soldados profesionales de la infantería napoleónica. Su lectura magistral de la geografía del río Avia y el cuello de botella del puente medieval convirtió el terreno en una ratonera mortal.
Pero Cachamuíña no estaba solo en aquel puente. A su lado batallaron gigantes de nuestra tierra que la desmemoria ha pretendido sepultar. Allí plantó cara el masidao José Francisco González González, el legendario «Labrador», jefe de la guerrilla de la Jurisdicción de Maside. Un paisano formidable que aglutinó a más de ciento setenta hombres rudos de Garabás y las tierras colindantes.
Junto a ellos, la nobleza y el clero del interior se unieron en un solo puño: el teniente e hidalgo local Serafín Martínez; el valiente Don Dositeo, párroco de la feligresía de Cameixa que actuó con bravura como comandante; Francisco de Paula Somoza, hidalgo y capitán de las milicias del Ribeiro; y Agustín Benito do Pacio, comandante de la milicia de la parroquia de Moldes. Hombres de honor que coordinaron la resistencia rural bajo las órdenes del coronel.
Las leonas del Avia
Mientras los comandantes organizaban el fuego cruzado, en mitad de aquella carnicería donde la pólvora cegaba los ojos, emergió el pilar más sobrecogedor de la jornada: las mujeres de Ourense. Ellas no fueron espectadoras; fueron leonas combatientes. Los libros parroquiales y las memorias de las alarmas del Ribeiro rescatan del anonimato a mujeres coraje como la valiente Hipólita Cervela (la Toca), María de las Dolores o la brava Juana de la Cruz. Estas ourensanas desafiaban el fuego de los fusiles imperiales acarreando pólvora en sus faldas y levantando barricadas. Mención heroica merece Hipólita Cervela, quien fue herida de gravedad al enfrentarse directamente a los soldados imperiales, sufriendo la sección de una mano sin dar un paso atrás.
Cuando la batalla se tornó un salvaje cuerpo a cuerpo, las mujeres de Boborás se apostaron en los penedos y los cabaceiros (hórreos), arrojando piedras monumentales que destrozaron los cascos de la caballería francesa. Empuñaron los sachos y las hoces con una ferocidad inaudita. El ejército más disciplinado de Europa entró en pánico ante un pueblo entero convertido en un arma unificada. La columna francesa rompió filas y huyó en desbandada, tiñendo el río Arenteiro de rojo y el río Avia de una humillación absoluta.
El desmontaje del mito de Carolo
Semanas después, la llamada del deber arrastró a estos hombres hacia la costa viguesa. El 28 de marzo protagonizaron la toma de la Porta da Gamboa. A pecho descubierto, bajo una lluvia de plomo, Cachamuíña recibió cuatro balazos de gravedad que casi le cuestan la vida.
Es aquí donde la historia oficial de la costa Atlántica occidental cojea y donde la tradición oral del interior restablece la verdad: debemos desmontar el mito del tal Carolo. Nos han vendido la fábula de un viejo marinero derribando la puerta fortificada. Es un contrasentido absoluto: un marinero en su oficio portaría un remo o una dorna, pero jamás un hacha de labranza. El hacha que abrió Vigo era de Ourense, concretamente de Maside.
Por algo a José Francisco González González le apodaban «el Labrador»; ellos eran hombres de campo que manejaban el hacha con una fuerza y destreza cotidianas. En el arrebato del asalto, el primero en golpear la puerta con el hacha fue «el Labrador», y continuó la acción el propio Cachamuíña. Aquel día, en la Porta da Gamboa, no había marineros en primera línea: todos eran militares y milicianos de Ourense que venían de romper a las tropas imperiales in el interior.
El azote de las tropas napoleónicas
A pesar de quedar cojo y arrastrar dolores crónicos debido a la severidad de sus heridas, el espíritu de nuestro héroe demostró ser de una pasta inquebrantable: Cachamuíña jamás dejó su deber ni abandonó a su patria. Nombrado Gobernador Militar de la plaza fronteriza de Tui, se negó a permanecer postrado.
Desde la convalecencia de la retaguardia, colaboró y coordinó de forma directa con el general Pablo Morillo los pormenores tácticos y logísticos que desencadenarían la gloriosa Batalla de Ponte Sampaio. Asegurando el suministro de pólvora y el flujo constante de milicianos que subían desde el sur, su mano invisible sostuvo el frente del río Verdugo. Allí, en primera línea de fuego, combatió el bravo labriego de Ourense Juan Rosendo Fernández, un humilde trabajador de la tierra integrado en las Alarmas que cambió la azada por el chuzo para contener a las divisiones del mariscal Ney.
Mientras tanto, en un engranaje estratégico perfecto ideado por el propio Cachamuíña, José Francisco González «el Labrador» permanecía en el interior de la provincia con su guardia pretoriana de Maside y Garabás, protegiendo el flanco ourensano e impidiendo que los refuerzos de Soult socorrieran a las exhaustas tropas francesas.
Posteriormente, al mando de la Legión de Voluntarios del Ribeiro, el coronel expandió su radio de acción con una guerra de guerrillas demoledora. Organizó incursiones en Verín y A Limia para cortar los suministros del mariscal Soult. Hostigó las riberas del Sil y del Miño, y auxilió con rotundo éxito a Monforte de Lemos, cerrando los pasos estratégicos hacia el norte peninsular. Lalín, O Carballiño, Pontevedra… toda Galicia debió su libertad a la mente táctica de Bernardo.
El expolio y la profanación
Al terminar la contienda, el coronel elegió el retiro de los justos: regresar a la paz del campo y ser enterrado bajo el suelo de Prexigueiró. Y allí durmió en paz durante casi un siglo.
El atropello histórico se perpetró en agosto de 1932. Una delegación del Centro de Hijos de Vigo, hambrienta de legitimidad histórica para alimentar sus fiestas locales con un héroe que no les pertenece, desembarcó en Ourense pertrechada de escribanos y letrados. Aprovechándose de la indefensión de un Concejo rural, amenazaron al párroco y presionaron a unos descendientes para arrancar con artimañas una supuesta firma legal. Desenterraron al héroe profanando la tumba secretamente, contra su última voluntad y bajo el total desacuerdo del pueblo orensano. Con las prisas de la afrenta, se llevaron unos restos que muchos investigadores suponen que pudieran ser de otra persona. Metieron los huesos en una arqueta y se la llevaron hacia el Cementerio de Pereiró como quien exhibe un botín de guerra.
Lo intolerable es el desprecio posterior. Tras la pompa, la figura de Cachamuíña ha sufrido largas épocas de olvido en esa ciudad costera, donde se le ha restado mérito para ensalzar a Carolo, simplemente porque encajaba mejor en su chovinismo local.
Una reclamación de justicia
Este expolio ético no puede continuar impune. Es hora de que la Xunta de Galicia, la Diputación de Ourense y el ayuntamiento de O Pereiro de Aguiar asuman este reclamo como una cuestión de estricta dignidad provincial. Con el respaldo de la ciencia y los documentos históricos, se debe iniciar un proceso formal de restitución.
Exigir la devolución del León de Ourense no es solo una reclamación de restos mortales. Es un acto de justicia hacia el hombre que vertió su sangre por los Pirineos y Ferrol, que salvó a Boborás con el concurso de sus lugartenientes «Labrador», y «Labriego» sus oficiales locales y sus heroínas, y que barrió a los franceses desde el Sil hasta Verín y Monforte.
Asimismo, es de una urgencia moral inapelable que las autoridades municipales, provinciales y autonómicas salden una deuda histórica impagable: es hora de que dediquen por fin un grande, solemne y monumental monumento al héroe de estas tierras ourensanas, esculpido en el granito eterno del interior, para perpetuar de cara a las generaciones futuras el valor de nuestra estirpe.
Esa ciudad de la costa se ha quedado durante siglos con la fortuna, el desarrollo y las industrias a costa de vaciar los recursos del interior. No podemos permitir que se apropien también del honor y del descanso de nuestros muertos más insignes. Los huesos de Bernardo González del Valle pertenecen a la piedra viva, al claro Sol del lugar donde nació y quiso descansar para siempre, y al orgullo inquebrantable de toda una provincia y ciudad de Ourense. Es el momento exacto de traer al León de vuelta a casa y levantarle el monumento que en justicia se ha ganado.
José Antonio Regueiro Docampo (José de Viñoás), desde las hermosas orillas ribereñas del río Arenteiro, en Boborás, a 15 de septiembre de 2026.

