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Aquellos maravillosos veranos en Ourense

Nací en el Ourense de 1986, que dicho así parece que haya pasado una eternidad aunque yo todavía puedo revivir, como si fuera ayer, cada uno de aquellos increíbles momentos que mi ciudad me ha regalado.

Nunca fui yo mucho de verano, todo sea dicho, ante todo porque a pesar de haber pasado toda mi vida en esta tierriña esos calores del inframundo que tanto caracterizan a nuestra ciudad no hay quien los soporte. Nos reímos nosotros del Orodruin, La Montaña de Fuego donde se destruyó el anillo único de El Señor de los Anillos. Lo nuestro es calor del de verdad, ese que se crea en las mismísimas entrañas de la tierra.

Aquellos maravillosos veranos en Ourense

Aunque por fortuna no todo va a ser calor, sudor y sofocos. Los veranos ourensanos siempre han significado mucho más. Desde bien pequeños aprendimos a que con poco se puede hacer un mundo y que esta ciudad aunque sin playa, es todo un tesoro que sin duda deja huella. Hoy he venido a desbloquear algunos recuerdos y ¿por qué no? A hablar de todo lo que Ourense ofrece en esas temporadas en las que prima por encima de todo el tiempo libre.

Un chapuzón en las piscinas de Oira y de Monterrei

Para los que crecimos en los 90 lo de ir a las piscinas era como un ritual de verano. Acercarse a Oira a darse un chapuzón de buena mañana, cuando apenas había bañistas en la zona, o disfrutar de un día completo en Monterrei se convirtieron en clásicos que no podían faltar. Por aquel entonces todavía podíamos elegir si acudir a las piscinas de pago o a las gratuitas y era prácticamente misión imposible tomar un autobús al final del día. ¿Dónde se concentraba toda la juventud ourensana en verano? Pues eso, a remojo.

¿Cómo que Ourense no tiene playa?

Habelas hailas y eso de disfrutar de la playa fluvial no era ninguna tontería. La playa de la Antena siempre fue ese espacio céntrico e ideal donde tomar el sol y refrescarse sin necesidad de salir del centro de la ciudad. Claro que no fuimos pocos los que le temimos a las corrientes de nuestro río Miño, pero cuando el sol apretaba era impepinable lo de meterse en sus gélidas aguas, aunque tan solo fuera hasta los tobillos.

El corte de helado de La Ibense

Cierto es que esta clásica heladería de la ciudad, al igual que El Cortijo, funcionaba durante todo el año pero lo de presentarse frente a aquel mostrador con una moneda de 50 pesetas en la mano y pedir tu buen corte de mantecado… Eso sabía a verano más que un kilo de cerezas. Un sabor inigualable que empezabas disfrutando a lametazos para después pegarle sus buenos mordiscos. Momento muy de Ourense.

Una imagen de rodcasro en Pinterest donde se puede ver la clásica heladería

Un granizado a la sombra del parque de San Lázaro

Cosas de ayer y también de hoy. Los pocos que nos quedábamos en estas calurosas tierras de Auria nunca olvidábamos la visita de rigor a las galerías del parque. Un gran vaso de granizado y sentarse en un banco debajo de uno de los árboles de la zona era como el ritual que todo adolescente ourensano debía llevar a cabo. Ya acompañarlo de una napolitana de chocolate era como la merienda de los campeones y ¡ojo! Por tan solo 100 pesetas tenías el combo completo.

Los días de Campamento Urbano

La Asociación Xuvenil Amencer lleva muchos años amenizando los veranos de los niños de la ciudad gracias a su buen hacer con su Campamento Urbano. Imposible olvidar esos días de verano repletos de actividades y viajes en los que, además, coincidías con chavales que aunque eran de tu misma ciudad eran completos desconocidos al menos hasta entonces. Sin lugar a dudas el Campamento Urbano de Amencer es historia viva de los veranos de esta ciudad y ha dejado huella en muchos jóvenes que a día de hoy, al igual que una servidora, ya somos una adultos hechos y derechos.

Las fiestas de Ourense

Eran algo así como el pistoletazo de salida del verano en la ciudad. Las clases casi terminaban y Ourense se llenaba de puestos, atracciones y, por supuesto, palcos para conciertos increíbles. En nuestra época la visita de Juanes, El Canto del Loco, M-Clan o Sóber fueron de alguna manera los grandes eventos para los jóvenes de finales de los 90. Sin olvidarnos por supuesto del increíble Ourense Dance, una previa del verano que ya auguraba grandes momentazos para la chavalada de aquel entonces. Grabado en la memoria nos queda aquel año en el que una noria gigante se hundió en el asfalto a las orillas del Miño o la de veces que montamos en aquella montaña rusa acuática que convirtió Ourense en todo un parque de atracciones durante algunos días.

Monterrei era lo más parecido a un parque acuático, su tobogán era la atracción principal

Tumbarnos a la sombra del Parque Miño

Siempre lo he considerado un lugar especial. Quizás porque desde bien pequeña disfrutaba pescando renacuajos en su riachuelo o porque en mi caso era ese parque al que menos solíamos ir. Puede que por este motivo esa adolescencia tumbada a la sombra de cualquier árbol de este lugar era prácticamente el plan ideal. Un lugar céntrico pero a la vez escondido de las aglomeraciones. Si se me permite ser crítica, ¿por qué no se ha sabido valorar este espacio con el paso de los años?

Viajar al pueblo y, simplemente, desaparecer

Esta era la realidad de muchos y continúa siendo todo un clásico que esperamos no se pierda jamás. Viajar al pueblo y disfrutar allí del campo, los amigos de cada verano, las salidas hasta altas horas y, sobre todo, las temperaturas mucho más soportables, siempre ha sido una de las mejores maneras de vivir el verano en Ourense. Una provincia donde contamos con villas increíbles y aldeas repletas de historia y de zonas prácticamente de ensueño… Tener un pueblo al que viajar en verano era y continúa siendo todo un regalo.

Andainas, viajes en el catamarán del Cañón del Sil, rutas planificadas o sin planificar de fiesta patronal en fiesta patronal… Los veranos en Ourense siempre han sido diferentes y de alguna manera conquistan a todo aquel que se deja caer por estas tierras repletas de magia. Somos tierra de calor, de aguas termales, de meigas, y nuestros veranos poco tienen que envidiar al resto.

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