La Semana Santa se fija siguiendo el ciclo lunar y el equinoccio de primavera. Esta movilidad genera curiosidad cada año, ya que los días festivos pueden oscilar en un margen de más de un mes en el calendario.
A diferencia de la Navidad, que tiene una fecha solar fija, la Pascua de Resurrección depende de un cálculo astronómico milenario conocido como Computus.
El cálculo de la Pascua: ¿por qué la Semana Santa cambia de fecha?

La regla de oro del Concilio de Nicea
Para entender este baile de fechas, debemos remontarnos al año 325. Durante el Primer Concilio de Nicea, las autoridades eclesiásticas establecieron una norma que sigue vigente: la Pascua se celebra el primer domingo después de la primera luna llena de primavera.
Para aplicar esta norma, se utilizan tres pilares fundamentales:
- El Equinoccio de Primavera: Se fija convencionalmente el 21 de marzo.
- La Luna Llena (Plenilunio): Se busca la primera que ocurra el 21 de marzo o después.
- El Domingo: El primer domingo tras ese plenilunio es el Domingo de Resurrección.
Ejemplos prácticos: ¿Por qué este año cae así?
Para visualizar cómo funciona esta norma, veamos dos escenarios opuestos que marcan los límites del calendario:
- El escenario más temprano: Si la luna llena cae un sábado 21 de marzo, el domingo 22 de marzo sería Domingo de Resurrección. Es la fecha más prematura posible.
- El escenario más tardío: Si hay luna llena el 20 de marzo (justo antes del equinoccio), debemos esperar al siguiente ciclo lunar (unos 29 días). Si esa nueva luna llena cae en domingo, la Pascua se traslada al domingo siguiente, pudiendo llegar hasta el 25 de abril.
“La Iglesia buscaba que la celebración no coincidiera con la Pascua judía y que todos los cristianos del mundo unificaran su calendario litúrgico”, explican los historiadores sobre el origen de esta medida.
El «Computus»: la matemática tras la fe
Determinar estas fechas con antelación requiere el uso del Ciclo de Metón, un periodo de 19 años en el que las fases de la luna vuelven a caer en los mismos días del año solar (con una diferencia mínima). Gracias a este cálculo, se pueden imprimir calendarios con décadas de antelación sabiendo exactamente cuándo se verán las cofradías en la calle.
Esta dependencia de la luna explica también por qué la Semana Santa coincide frecuentemente con periodos de mareas más intensas o cielos nocturnos especialmente iluminados, algo que marca la estética de las procesiones en todo el mundo.

