Crónica de una colonia centro-oriental sin políticas de apoyo industrial: la Galicia despoblada y vaciada frente a la costa atlántica occidental superpoblada e incentivada.
José Antonio Regueiro Docampo (José de Viñoás).
Las dos Galicias: la brecha entre el interior vaciado y el litoral gallego
A la Galicia central y centro-oriental no la vaciaron por casualidad; la vaciaron por diseño.

El origen del plan: industrialización en el Eje Atlántico
A partir de los años cincuenta, el desarrollismo impulsado desde el poder central en Madrid y todas las políticas que vinieron después desde San Caetano en Compostela, sin excepción, apostaron por un modelo único y brutal: la industrialización del Eje Atlántico Occidental. El INI, los polos de desarrollo, los puertos francos, la automoción, la AP-9 como columna vertebral del privilegio… Todo el capital público desde Madrid y, más tarde, toda la inversión privada y la mirada del poder se concentraron en la fachada atlántica.
Mientras tanto, a la Galicia central y oriental se le asignó un papel que nunca eligió: el de ser una reserva. Reserva de mano de obra barata, reserva de un sector primario hoy abandonado, reserva de paisaje, reserva de silencio.
Aquella Galicia primigenia, poblada por caminantes que avanzaron de Oriente a Occidente siguiendo las orillas del río Sil, se asentó y habitó masivamente el interior. Sin embargo, a partir de la década de 1950, se provocó el mayor trasvase humano de nuestra historia reciente. No fue una emigración espontánea; fue un desahucio territorial. Cientos de miles de gallegos del interior fueron arrancados a apenas cien kilómetros de sus casas, desterrados a otro mundo.
Del arado a la cadena de montaje: el éxodo del interior
Los jóvenes de los Ancares, de O Courel, de Lemos, Sarria, Vilalba, Pantón, Carballedo, Sober, Monterroso, O Incio, A Fonsagrada, Trives, A Limia, Verín, Nogueira de Ramuín, Parada de Sil, Xunqueira de Espadanedo, Esgos, Entrimo, Oímbra, Maceda, Baños de Molgas, O Bolo, Ribadavia, A Veiga, A Pobra de Trives, San Xoán de Río, Montederramo… fueron obligados a cambiar el arado por la cadena de montaje en Vigo, por el andamio en A Coruña o por la calderería en Ferrol. Vaciaron de brazos la Galicia central y oriental para alimentar de mano de obra a la Galicia próspera de la costa atlántica.

A la Galicia interior la convirtieron en lo que es hoy: una colonia. La colonia que queda.
Abandono rural: un sector primario sin agricultura
Porque esta es la cruda y obscena realidad que nadie quiere nombrar: han dejado un sector primario sin agricultura. Han convertido al labrador en el jardinero de su propia ruina. Campos baldíos, prados que ya no se siegan, castaños centenarios que nadie cuida; ríos despojados de su rica ictiofauna: sin el salmón, sin el sábalo, sin la trucha, sin la anguila, sin la lamprea. En el sotobosque ya no resisten el urogallo, la perdiz, el ruiseñor, el jilguero ni la alondra.
La paradoja alimentaria: el campo que sostiene a la ciudad
Y, sin embargo, la ciudad costera que presume de consumo y modernidad olvida que si el campo no produce, la ciudad no come. No hay sustento sin la ganadería de Lugo y Ourense, sin la siembra del valle de Lemos, de A Terra Chá, de Montederramo, Castro Caldelas, Viana, A Limia o Calvos de Randín; sin la patata de A Limia, sin los vinos del Ribeiro, Valdeorras, Monterrei y de la Ribeiras del Sil Miño. Cereales, trigo y centeno que ya no hay quien siembre ni coseche.
La colonia energética: la luz que el interior produce y no consume
Han dejado las aldeas vacías y despojadas de su gente. La Galicia oriental se ha transformado en una central eléctrica a cielo abierto: es la luz que no la alumbra. De cada presa hidroeléctrica del Sil, del Miño, del Navea, del Bibei, del Támega o del Limia sale la energía que mueve Vigo, su industria, sus astilleros y su comercio. Como la presa de As Conchas, erigida en su día para surtir a la automoción viguesa; o como en estos últimos años, cuando Vigo presume con glamur de sus luces navideñas sin recordar que esa electricidad se genera en las entrañas de la otra Galicia, la pobre, la vaciada.
Aerogeneradores y embalses: la riqueza que no retorna a las aldeas
De cada cima de nuestros montes, erizada de eólicos que no nos pertenecen, brota la fuerza que alimenta los polígonos de Ferrol, las fábricas de A Coruña y el dinamismo económico del litoral. La ciudad no se mueve ni se enciende sin el sacrificio del interior. Inundaron aldeas enteras para llevar luz a la costa e incluso para la exportación y, hoy, en esas aldeas sumergidas o abandonadas a su suerte, no queda ni una sola bombilla encendida. No retorna un solo euro a las parroquias donde se produce esa riqueza.
A esas aldeas no solo no deberían pasarles el recibo eléctrico, sino que tendrían que incentivar el retorno con una fiscalidad justa, exenta de los impuestos que pagan las prósperas urbes del litoral.
Esa es la relación colonial perfecta: la costa atlántica pone el contador; el interior pobre pone el territorio, el agua, el viento y la soledad. Ellos cobran el futuro; el interior paga el olvido.
Datos del abandono: más de 1.300 aldeas sin habitantes
El resultado, en pleno siglo XXI, es una aberración moral: una Galicia litoral con densidad de población europea y un interior con cifras siberianas. Municipios de Ourense y Lugo con uno o dos habitantes por kilómetro cuadrado. Más de 1.300 aldeas abandonadas en Galicia según el INE. Aldeas con cero habitantes. Cero industria, cero niños y cero voces. Solo piedras que atestiguan que allí, alguna vez, hubo vida.
Entren en una de esas casas: aún huele a humo, aún hay un calendario parado en 1957, aún hay un arado apoyado en la pared esperando unas manos que jamás volverán.
En los caminos ya nadie queda. Al único anciano que resiste se le agolpa en el pecho una pena antigua, un nudo amargo en la garganta que le ahoga el aliento y le impide lanzar el último aturulo. Ya no hay nadie en la otra ribera ni en la montaña de enfrente para contestarle. El eco de las laderas se ha muerto.
El mapa de la desigualdad: densidad europea en la costa y cifras siberianas
No es despoblación espontánea. La despoblación es un fenómeno natural; esto es un despoblamiento planificado. Es un expolio territorial institucionalizado. Es una desigualdad sangrante.
La Galicia rica no existe sin la sangre de la Galicia vaciada. La costa atlántica no come, no se calienta y no se mueve sin la Galicia central y oriental. Que no se les olvide nunca. Las políticas públicas desarrolladas desde 1957 le deben una restitución histórica a la Galicia olvidada.
Elegía a la Galicia Hundida y Olvidada
Del Sil a la montaña el paso antiguo,
la huella del caminante y del arado,
la tierra donde el tiempo fue abrigo
y el monte, un corazón multiplicado.
Pero trazaron mapas desde el puerto,
vendieron nuestro viento y nuestra corriente,
cambiaron el roble por el desierto
y ahogaron en la presa a nuestra gente.
Cambiaron la piedra por la cadena,
el sotobosque canta solo en la memoria;
se fue el urogallo, se apagó la pena,
borraron las casas del libro de la historia.
En los valles donde el trigo doraba el horizonte
hoy solo hay un silencio de cal y de ceniza.
Mueven las luces de la costa desde el monte,
mientras en la sombra el roble se agoniza.
Queda el calendario colgado en el revés
de un año mil novecientos cincuenta y siete,
el arado esperando unas manos otra vez
y el agua que se lleva lo que la patria promete.
Ya nadie camina la corredoira vieja,
el último anciano contempla el vacío;
se ahoga en su garganta la antigua queja
y se apaga el aturulo de un lado al otro del río.
De cumbre a cumbre, de ribera a ribera,
un nudo de pena le borra el aliento:
ya no hay quien responda desde la ladera,
solo contesta la voz del viento.
No es muerte natural lo que padece el suelo,
es el despojo frío de la ciudad distante:
nos sacaron la sangre para encender su cielo,
dejándole a la piedra su pena de gigante.
Por: José dé Viñoás, un día de Agosto de 2026 en las orillas Ribereñas del Sil y del Miño.

