Cajón desastre

La guerra del ‘streaming’ y la trampa del catálogo fragmentado

La idílica luna de miel entre los espectadores y las plataformas de contenidos no tardó en tambalearse cuando estalló la guerra del streaming y la subida de precios comenzó a generalizarse.

Al principio, la promesa de Netflix parecía sostenible porque concentraba un catálogo inmenso que incluía producciones de las grandes productoras de Hollywood. El usuario sentía que una sola suscripción bastaba para estar al día de toda la conversación cultural.

La guerra del ‘streaming’ y la trampa del catálogo fragmentado

Sin embargo, los grandes estudios tradicionales de cine y televisión no tardaron en darse cuenta de que estaban alimentando a su propio verdugo.

La guerra del 'streaming' y la trampa del catálogo fragmentado

Gigantes como Disney, WarnerMedia o Paramount decidieron retirar de forma paulatina sus contenidos más valiosos de las plataformas ajenas para lanzarse a la arena con sus propios servicios de suscripción directa.

La era de la fragmentación obligatoria

La irrupción masiva de competidores como Disney+, HBO Max (ahora Max) o Amazon Prime Video rompió por completo el espejismo del videoclub único. Para el consumidor, el panorama se volvió hostil de la noche a la mañana. Si querías ver la última de superhéroes, la serie de ciencia ficción de moda y el drama premium del año, ya no bastaba con una cuota mensual; ahora necesitabas tres o cuatro suscripciones simultáneas.

La descentralización de los contenidos obligó al usuario a convertirse en un gestor de presupuestos domésticos, saltando de una plataforma a otra en un intento desesperado por no perderse nada.

Esta dispersión provocó una paradoja evidente. Mientras que la televisión tradicional concentraba toda su oferta en un único aparato y un solo mando a distancia, el modelo digital obligó a los hogares a dispersar su gasto en una constelación de facturas independientes que, sumadas, superaban con creces el coste de la antigua televisión por cable.

El goteo constante de las tarifas al alza

Para justificar el millonario desembolso en producciones propias con las que competir en un mercado saturado, las compañías iniciaron una escalada de precios silenciosa pero implacable. Las tarifas que inicialmente rondaban los ocho euros mensuales empezaron a experimentar incrementos anuales bajo el pretexto de «mejorar la calidad del servicio» y «financiar historias exclusivas».

El incremento de los costes se camufló inicialmente dividiendo las suscripciones en diferentes tramos según la resolución de pantalla o el número de dispositivos simultáneos. De este modo, disfrutar de la máxima calidad tecnológica (como el formato 4K) se transformó en un lujo que encarecía la tarifa básica casi al doble. El usuario se encontró atrapado en una tela de araña financiera: pagaba mucho más dinero que al principio, pero tenía acceso a una porción mucho más pequeña del catálogo global. La trampa del precio del café se había cerrado con éxito.

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