Al héroe de Orense, soldado de España en tiempos sin Rey.
Texto de José Antonio Regueiro Docampo (José de Viñoás).
Oda a Cachamuíña

¡Oh tierra de sol y río,
de valle, viña y canción!
¡Oh patria de robledales
que el Miño baña de honor!
Desde que Herrera cantó
a los héroes de su nación,
madura en tus vegas y llanos
la uva bajo el sol.
El Miño besa tus márgenes,
el Sil te cruza en su andar;
y el Loña, entre los juncos,
te riega el corazón.
Allí, entre sombra y laurel,
donde el agua sabe cantar,
nació Bernardo de Orense,
soldado fiel y leal.
Prexegueiro guardó su infancia,
su primera y pura oración;
y a su tierra un día volvió
a entregar su corazón.
No fue la ambición su guía
ni el ansia de honor personal:
sirvió a España sin corona,
pues cautivo estaba el Rey.
Preso en Francia, tras las rejas,
lejos de su pueblo y su hogar,
Fernando aguardaba cautivo
mientras España iba a luchar.
Mas no esperó su pueblo el trono
para alzarse y combatir:
sin Rey que lo gobernara
supo el reino resistir.
En el Rosellón, entre cumbres,
donde el bronce hizo temblar,
luchó con ardiente fuego
por su tierra y su verdad.
Ganó, entre la tropa alzada,
puesto de alta distinción:
capitán de granaderos,
vanguardia de la nación.
Los primeros en el fuego,
los primeros en caer,
aliados ya con la muerte,
resueltos a vencer.
Cuando el inglés llegó a Ferrol
y amenazó el litoral,
corrió a expulsar al intruso
del suelo patrio y su mar.
No esperó tras la muralla
ni el asalto exterior:
lo empujó hasta la frontera
sin tregua ni perdón.
Llamado de nuevo a filas,
la Junta le da su honor:
guardar las riberas del Miño,
su gente y su tradición.
Cruzaba aldeas y caminos,
entre viñedo y robledal;
sabía el labriego, al verlo,
que llegaba un capitán.
En las orillas del Arenteiro,
sobre el puente de piedra y sol,
esperó a las huestes francesas
para frenar su ambición.
Trescientos frente a mil hombres,
trescientos contra el invasor;
mas cuando la patria arde,
cede la fuerza ante el valor.
Juan Rosendo de Brués,
labriego rudo y templado,
y José de Garabás,
labrador, fuerte a su lado;
ambos hijos de Orense,
diestros en el machado,
aldeanos de mano ruda
mas de espíritu templado.
Con sus machados certeros,
los que el leñador usó,
fueron los primeros golpes
que el portón francés rasgó.
Tras ellos vino Bernardo,
con ardiente y firme valor:
sobre el hierro ya quebrado
derribó el postigo en tropel.
No pudo el francés cerrarles
el paso ni su clamor:
los hombres de Orense abrieron
brecha al ardor y al valor.
¡Boborás, alza tu nombre!
¡Que el tiempo guarde tu honor!
Sobre el puente del Arenteiro
se unieron patria y valor.
Allí llegaron las mujeres,
sin miedo al fuego ni al cañón:
novias, madres y hermanas,
una sola devoción.
Empujaban las piezas
por sendas de barro y dolor;
al trueno de los cañones
oponían su voz.
De Ribadavia y de Cea,
de Boborás y de Aguiar,
llegaron gentes del pueblo
dispuestas a pelear.
Hipólita Cervela, «A Toca»,
mostró un valor sin igual:
un sable le cercenó la mano,
mas no pudo doblegar.
Y Xuana, hija de Pacios,
lanzó su arenga inmortal;
alzado el brazo en la noche,
llamaba a todos a más.
Su grito quedó en la piedra,
en registro parroquial:
la Arenga de Xuana vive
donde el tiempo no la borrará.
No eran sombras del pasado
ni figuras de ficción:
eran mujeres de coraje
con España en el corazón.

El descanso del guerrero
A Tui llevó sus pasos,
gobernador y soldado,
ya el cuerpo herido y cojo,
mas el ánimo templado.
Ciudad de San Telmo y piedra,
que el Miño baña sin cesar,
lo acogió con gran nobleza,
dándole sosiego y amistad.
Mas fue de aquella villa,
la Olívica, junto al mar,
que el Rey premió como leal,
de donde llegó el pesar.
Desde allí, al fin, un día,
le abrieron la puerta al hogar;
mas antes de entrar en casa,
quiso el camino demorar.
De catedral a catedral
lo llevó el camino de vuelta:
en Orense, la antigua Auria,
hizo un alto en tierra abierta.
Allí lo aguarda San Martín,
templo que un Rey suevo alzó
en tiempos ya tan remotos,
cuando el reino se fundó.
Al galope de su hispano-árabe,
veloz corcel sin igual,
solo escasa media legua
lo apartaba de su hogar.
Volvió, al fin, a Cachamuíña,
donde Aguiar lo fue a abrazar;
con sus brazos siempre fieles,
supieron su vuelta honrar.
Cachamuíña, su aldea,
su casa, su hogar, su fe;
la guarda su santo patrono:
Cristo Salvador la ve.
Allí, entre los suyos, quiso
su descanso reclamar:
en el camposanto humilde
de la parroquia, su lugar.
Elegía
Mas profanaron su tumba,
rompiendo su voluntad;
no fue el francés quien lo hirió
en su descanso final.
¡Ay, ingrata la memoria
que a su héroe olvidó!
¡Ay, la mano que quebranta
el sueño de quien luchó!
No hallaron paz sus despojos
ni el respeto que ganó:
ni la villa premiada y leal
guardó su nombre y su honor.
¿Qué corona le entregamos
a quien la patria salvó,
si su tumba, ya en su aldea,
profanada se quedó?
No fue Aguiar el ingrato,
ni Orense quien lo olvidó:
fue mano ajena y extraña
la que su paz profanó.
¡Oh Orense, alza la frente!
¡Que el Miño te lo haga cantar!
Que el Sil, el Loña y Arenteiro
repitan su nombre al pasar.
Que hablen los viejos robles,
la piedra, el viñedo y el sol;
que grite la tierra entera:
«¡Aquí nació un español!»
Que Orense y la tierra de Aguiar
lo alcen en la eternidad:
Bernardo, ya bronce eterno,
sobre su caballo triunfal.
En lo alto, el brazo en alto,
el sable clama valor;
y a los lados del pedestal,
Labrador y Labriego en honor:
José, con su machado firme,
Juan Rosendo, igual de fiel,
guardando al capitán que un día
los llevó al triunfo y laurel.
Y al pie de la piedra, el pueblo:
las mujeres de Boborás,
los hombres de cada aldea,
todo Orense, en pie, leal.
Fiel, jamás vendió al héroe
ni manchó su nombre y fe;
lejos, en la villa ajena,
fue donde el olvido creció.
No fue Orense el ingrato,
ni Aguiar, ni su lugar:
fue el Rey, cautivo y ausente,
y una villa sin piedad.
Que la piedra afirme al tiempo
lo que nadie ha de negar:
Aquí nació Bernardo,
de Cachamuíña, soldado fiel;
Orense le dio la cuna,
la patria le dio su ley.
Y cuando el sol caiga en la vega
y el Miño sea oro y cristal,
descanse el héroe en su tierra,
libre ya de todo olvidar.
¡Que suenen bronces y campanas!
¡Que responda la patria al cantar!
¡Cachamuíña, soldado de España:
tu tierra te vuelve a nombrar!
Texto de José Antonio Regueiro Docampo, (José de Viñoás).

