Doctor Manuel Viso – Médico y divulgador · Autor de Supersanos
El médico y divulgador Manuel Viso repasa en una entrevista exclusiva sus raíces en A Poboanza, los pilares de la medicina preventiva y cómo mejorar la salud familiar con motivo de su participación en el evento Expofamilia en Ourense.
Dr. Manuel Viso: «La salud se construye con pequeñas decisiones cotidianas»
La medicina preventiva y los hábitos de vida saludables son las mejores herramientas para cuidar el bienestar de grandes y pequeños. Con una sólida trayectoria en el ámbito de las urgencias y una reconocida labor en redes sociales, el Dr. Manuel Viso analiza los grandes desafíos actuales: desde la alimentación infantil y el sedentarismo hasta la gestión del estrés y el impacto de los bulos de salud en internet.
Entrevista con el Doctor Manuel Viso
A pocos días de su visita a Ourense, conversamos con el especialista sobre cómo recuperar el valor de lo cotidiano, fomentar el ejercicio de fuerza y construir una auténtica cultura de la salud desde casa.

Próximamente participarás en Expofamilia jugando en casa, en Ourense. Siendo natural de Ourense y con raíces en A Poboanza, qué significa para ti divulgar salud y hábitos de vida sanos entre la gente de tu tierra?
La verdad es que me hace especial ilusión, no te voy a engañar. Nací en Ourense, allí viví y fui al colegio, y desde muy pequeño tenía claro que quería ser médico. A Poboanza es mi aldea, el lugar donde disfrutaba con mis abuelos y donde fui muy feliz. Son mis raíces y una parte muy importante de quien soy.
Siempre es bonito volver a tu tierra, y hacerlo para compartir lo que te apasiona tiene un significado especial. Estoy muy agradecido por el enorme cariño y apoyo que recibo en toda Galicia, pero en casa hay un vínculo que lo hace todavía más emocionante.
Poder ayudar a la gente de mi tierra a cuidarse y cuidar de los suyos, con ideas sencillas que puedan llevar a su día a día, es también una forma de devolver un poquito de todo lo que he recibido.
En tu libro Supersanos y en tu divulgación diaria defiendes que la salud se construye a través de pequeñas decisiones cotidianas. ¿Cuáles son los pilares fundamentales que ninguna familia debería descuidar en el día a día?
Comer bien, moverse, dormir lo suficiente y cuidar nuestro bienestar emocional y nuestras relaciones. Son cosas que todos conocemos, pero que a menudo quedan relegadas por las prisas. Buscamos una solución extraordinaria cuando todavía tenemos mucho margen de mejora en lo cotidiano.
En una familia, eso se traduce en hacer una compra donde tengan protagonismo las verduras, las frutas, las legumbres y otros alimentos poco procesados; beber agua como bebida habitual; caminar, jugar y buscar oportunidades para movernos juntos. También dar al descanso la importancia que merece y encontrar momentos para conversar, escucharnos y disfrutar sin estar pendientes del móvil. A eso hay que sumar evitar el tabaco y no normalizar el alcohol como parte de una vida saludable.
Y algo fundamental: los adultos tenemos que dar ejemplo. Es difícil pedirle a un niño que deje la pantalla si nosotros no soltamos el teléfono, o que se mueva si todos nuestros planes son sentados.
Me interesa transmitir que cuidarse es algo que podemos incorporar a nuestra vida sin hacerlo todo perfecto ni cambiarlo todo de golpe. Podemos empezar por una mejora pequeña y mantenerla, y después añadir otra. Los hábitos saludables no garantizan que nunca vayamos a enfermar, pero sí nos ayudan a reducir riesgos y a vivir mejor. La constancia tiene mucho más valor que una semana de propósitos imposibles.
Como médico especialista en urgencias y hematología, estás acostumbrado a la medicina asistencial directa. ¿En qué momento decidiste dar el salto a los medios y a las redes para divulgar medicina preventiva?
Empecé en Radio Voz en 2014 y, a partir de ahí, fueron llegando las colaboraciones en prensa y televisión. Fue un camino progresivo que me permitió llevar la medicina más allá del hospital: explicar cuestiones de salud con un lenguaje comprensible y acercar la prevención a la vida cotidiana.
Las redes sociales llegaron más tarde. Es una etapa más reciente, pero actualmente es donde siento que lo que divulgo llega a más personas y tiene mayor impacto. Esa cercanía también te permite conocer qué dudas tiene la gente y qué mensajes necesitan una explicación más clara.
Eso sí, mi prioridad sigue siendo el hospital y mis pacientes. Amo mi profesión. A veces, al verme en tantos sitios, hay quien piensa que dedico pocas horas a la medicina asistencial, y la realidad es justamente la contraria: trabajo muchísimo como médico y encajo la divulgación en el tiempo que queda. Es un complemento al que dedico esfuerzo e ilusión.
Además, ambas facetas se nutren entre sí: el contacto diario con los pacientes me mantiene cerca de las preocupaciones reales de las personas, y divulgar me permite compartir explicaciones que pueden ser útiles para muchas más familias.
Hoy en día convivimos con una gran sobreinformación y con bulos sobre nutrición, dietas milagro o salud. ¿Por qué es tan urgente que los profesionales sanitarios ocupéis un espacio activo en el entorno digital?
Porque las dudas sobre salud ya están en las redes, y si los profesionales sanitarios no participamos, otras voces ocuparán ese espacio. El problema es que hablar con mucha seguridad o tener miles de seguidores no convierte un mensaje en verdadero. Y, cuando hablamos de salud, una información equivocada puede influir en decisiones importantes.
Los bulos suelen ofrecer respuestas sencillas y promesas muy atractivas: una dieta que sirve para todo, un suplemento que necesitas sí o sí o un alimento al que se culpa de todos los males. La medicina tiene matices, y nuestro reto es explicarlos de una forma que se entienda y resulte interesante, sin perder rigor.
Para mí, divulgar también implica reconocer lo que no sabemos, diferenciar una investigación preliminar de una conclusión sólida y rectificar cuando sea necesario. Ser sanitario tampoco nos da carta blanca para opinar de todo: tenemos que contrastar la información y reconocer los límites de nuestro conocimiento.
Intento que quien me escucha se lleve una explicación útil y herramientas para valorar lo que encuentra en internet. Las redes no sustituyen una consulta, pero pueden ayudar a llegar a ella mejor informado. Nuestro objetivo debería ser dar claridad, sin alimentar el miedo ni crear necesidades que la gente no tiene.
La alimentación infantil, el sobrepeso y el sedentarismo en los más jóvenes son preocupaciones crecientes. ¿Qué pautas sencillas y realistas recomiendas a los padres para educar en el plato y en el movimiento sin que sea una batalla familiar?
Lo primero es que los cambios impliquen a toda la familia. Si nos preocupa la salud de un niño, debemos revisar qué compramos, cómo comemos y cuánto nos movemos todos. Señalarle a él, comentar su cuerpo o ponerle a dieta por nuestra cuenta puede hacer daño y no resuelve el problema.

En la mesa, recomiendo organizar una compra y unos horarios que faciliten comer bien, ofrecer agua como bebida habitual y dar protagonismo a las verduras, las frutas, las legumbres y los alimentos poco procesados. También hacerles partícipes: elegir una verdura, preparar una receta o poner la mesa puede despertar su interés. A los adultos nos corresponde ofrecer opciones adecuadas; debemos escuchar sus señales de hambre y saciedad, evitando obligarles a terminar el plato o utilizar el postre como premio.
Con el movimiento, conviene buscar lo que disfrutan: bailar, montar en bicicleta, jugar a la pelota, caminar o ir al parque. Tiene que formar parte de la vida cotidiana y adaptarse a sus posibilidades. Si además lo compartimos con ellos, damos ejemplo y ganamos tiempo juntos.
Yo empezaría por dos cambios asumibles: mejorar las bebidas que entran en casa y reservar cada día un rato para movernos en familia. Sin convertir cada comida en un examen ni el ejercicio en un castigo. El objetivo es que construyan una relación saludable con la comida, con el movimiento y con su propio cuerpo.
A menudo nos centramos en la dieta o el ejercicio, pero descuidamos el descanso, la gestión del estrés o el tiempo frente a las pantallas. ¿De qué manera afecta este ritmo de vida acelerado a la salud y al sistema inmune de adultos y niños?
A veces intentamos cuidarnos haciendo ejercicio o vigilando lo que comemos, pero seguimos durmiendo poco y viviendo con una sensación permanente de urgencia. El descanso y el bienestar emocional también necesitan un lugar en nuestra agenda.
Dormir mal afecta a la atención, al estado de ánimo y a la capacidad para regular nuestras emociones. También influye en el apetito y en cómo funciona nuestra respuesta inmunitaria. Con el estrés hay que distinguir: una reacción puntual es normal y necesaria; el problema aparece cuando se mantiene en el tiempo y apenas tenemos oportunidades de recuperarnos. Eso puede alterar distintos procesos del organismo, incluida la regulación del sistema inmunitario. Pero conviene evitar explicaciones simplistas: enfermar no significa que alguien haya gestionado mal su estrés.
En los niños, además, el cansancio puede expresarse como irritabilidad, más impulsividad o dificultades para concentrarse. A veces les exigimos que estén tranquilos cuando llevan un día lleno de actividades y han descansado poco. Las pantallas pueden complicarlo si desplazan el sueño, el juego o la conversación, especialmente cuando se alargan hasta la hora de acostarse.
Recomendaría empezar por proteger los horarios de descanso, dejar las pantallas fuera de ese momento y reservar algún espacio diario sin obligaciones. Y los adultos tenemos que participar también. Cuidar la salud familiar incluye preguntarnos si el ritmo que llevamos nos permite descansar y disfrutar de estar juntos.
Mirando hacia tus orígenes en Poboanza y en el entorno rural gallego, donde tradicionalmente la alimentación y los ritmos de vida eran distintos, ¿qué aprendizajes o valores de antes deberíamos rescatar para vivir mejor hoy?
De mis recuerdos en A Poboanza rescataría muchas cosas que entonces formaban parte de la vida cotidiana: las verduras de la huerta, la fruta de casa, los alimentos de temporada y la comida casera. Sabíamos de dónde venía buena parte de lo que comíamos y apenas había presencia de ultraprocesados. También había un aprovechamiento de los alimentos y un respeto por lo que costaba producirlos que merece la pena conservar.
El movimiento estaba integrado en el día: trabajar en la huerta, caminar, salir al monte o jugar al aire libre. No había que buscar siempre un hueco para hacer ejercicio, porque muchas actividades cotidianas ya implicaban moverse. Hoy podemos recuperar parte de eso caminando más y buscando oportunidades para disfrutar de la naturaleza.

Y destacaría especialmente la vida social: salir por las tardes, encontrarse con los vecinos, sentarse a conversar y estar pendientes unos de otros. Esa compañía también forma parte del bienestar. A veces prestamos mucha atención a lo que ponemos en el plato y muy poca a con quién lo compartimos.
No todo era mejor antes, pero sí había hábitos valiosos que podemos adaptar a nuestra vida actual: cocinar más, movernos a diario, pasar tiempo fuera y cuidar las relaciones. En mi caso, esos recuerdos están unidos a mis abuelos y a una infancia muy feliz.
Para terminar, si pudieras convencer a las familias de cambiar un solo hábito desde hoy mismo para mejorar su calidad de vida a largo plazo, ¿cuál sería?
Si tuviera que elegir uno, sería incorporar más movimiento a nuestra vida y darle al trabajo de fuerza la importancia que merece. El músculo hace mucho más que permitirnos movernos: también actúa como un órgano endocrino. Cuando se contrae, libera sustancias llamadas mioquinas, que participan en la comunicación con otros tejidos y en la regulación de procesos metabólicos e inmunitarios.
Por eso, cuidar el músculo tiene beneficios que van mucho más allá de lo estético. La actividad física ayuda a mejorar la salud cardiovascular, a regular la glucosa y a mantener la capacidad para desenvolvernos con autonomía. También puede mejorar el estado de ánimo y el descanso. Es una inversión en cómo nos encontramos hoy y en cómo queremos llegar a mayores.
Empezaría por caminar más, reducir los periodos largos sentados y buscar actividades que disfrutemos. A eso le añadiría ejercicios de fuerza adaptados a la edad, la condición física y la salud de cada persona. En los niños, el juego activo, trepar, saltar y las actividades adecuadas a su desarrollo también ayudan a fortalecer músculos y huesos.
Y, si podemos hacerlo en familia, mejor. No hace falta empezar con grandes objetivos: hace falta encontrar algo asumible y repetirlo. Me gustaría que dejásemos de ver el movimiento como una tarea que hacemos si sobra tiempo y empezásemos a reservarle un lugar en nuestro día a día.

