Lucía Camba Souto. Maestra y educadora infantil · Fundadora de Malumecuida.
La educación respetuosa y el acompañamiento emocional en la infancia se han convertido en pilares fundamentales para repensar la crianza en el siglo XXI.
Lucía Camba: «La educación debe adaptarse a la infancia, no la infancia a un único modelo»
La reconocida maestra, educadora infantil y fundadora de Malumecuida, Lucía Camba, defiende la educación respetuosa frente a la rigidez escolar y las prisas del día a día en una entrevista exclusiva con motivo de su participación en el evento ExpoOurense.

Con una trayectoria volcada en las pedagogías activas, Lucía Camba analiza los grandes desafíos a los que se enfrentan hoy las familias y los docentes: desde la gestión de las rabietas y los límites hasta el impacto de las pantallas y la eterna dificultad de la conciliación laboral.
Entrevista a Lucía Camba
Con motivo de su próxima visita a Ourense para participar en ExpoFamilia 2026, conversamos con la especialista sobre cómo abandonar las expectativas rígidas, recuperar el juego libre y construir una auténtica alianza entre familia y escuela.
Como maestra y educadora infantil especializada en pedagogías activas, ¿cuál dirías que es el mayor reto al que se enfrenta hoy la educación tradicional frente a las necesidades reales de la infancia?
Creo que el mayor reto es dejar de dar por hecho que la forma en la que siempre se ha enseñado es la más adecuada para todos los niños y niñas. Compartir año de nacimiento no significa tener las mismas necesidades, los mismos intereses ni el mismo ritmo de desarrollo.
Debemos apostar por una educación más individualizada, que tenga en cuenta el momento evolutivo real de cada niño y le acompañe desde ahí. Con demasiada frecuencia intentamos acelerar procesos y adelantar contenidos, como si aprender antes significase aprender mejor. Y una enseñanza rígida, que espera que todos hagan lo mismo, al mismo tiempo y de la misma manera, dificulta ese acompañamiento.
Para mí, el cambio empieza por observar y escuchar más a la infancia, dando al juego, al movimiento, a la exploración y al vínculo el espacio que merecen. Respetar los ritmos no significa dejar de enseñar ni renunciar a plantear retos, sino ofrecer los apoyos y las oportunidades que cada niño necesita para avanzar. La educación debe adaptarse a la infancia, en lugar de exigir que toda la infancia encaje en un único modelo.
En tus contenidos sueles poner el foco en el respeto al ritmo de cada niño y en la disciplina positiva. ¿Cómo se traduce esto en el día a día para que las familias puedan aplicarlo en casa sin perder la paciencia?
Para mí, el primer paso es comprender qué podemos esperar de un niño o una niña en cada etapa. Muchas veces perdemos la paciencia porque les pedimos que sepan esperar, controlen sus impulsos o gestionen una frustración cuando todavía están aprendiendo a hacerlo.
Entenderlo nos ayuda a ajustar nuestras expectativas y a acompañar con más calma. En casa, esto se traduce en acciones sencillas: anticipar lo que va a ocurrir, establecer rutinas, ofrecer pequeñas elecciones y poner límites claros con respeto. Podemos decir: «Entiendo que quieras seguir jugando y que te enfade marcharnos, pero ahora tenemos que irnos. ¿Guardamos juntos los juguetes?«. Damos espacio a su emoción y mantenemos el límite. La disciplina positiva combina amabilidad y firmeza; no significa permitirlo todo ni evitar cualquier frustración.
También creo que debemos quitar a las familias la presión de hacerlo siempre bien. No podemos pedirnos una paciencia infinita cuando estamos agotados y apenas tenemos apoyo. Si perdemos la calma, podemos parar, reconocerlo y reparar: «Te he gritado y no ha estado bien. Lo siento». Eso también educa. Nuestros hijos e hijas necesitan adultos que les cuiden y que estén dispuestos a revisar cómo les acompañan, no adultos perfectos.
El vínculo entre la escuela y las familias es fundamental para el desarrollo de los más pequeños. ¿Qué hábitos o cambios de mirada recomiendas a los padres para mejorar esa complicidad con los docentes?
Personalmente, percibo una distancia cada vez mayor entre las familias y los docentes. A veces, la relación se vive desde la desconfianza o desde una exigencia constante, y corremos el riesgo de que los niños y las niñas queden en medio de las tensiones entre adultos. Creo que necesitamos recuperar una idea esencial: compartimos un mismo objetivo, su bienestar y su desarrollo.
La familia y la escuela deben construir una alianza, remar en la misma dirección. Eso no significa estar siempre de acuerdo, sino poder hablar de las diferencias con respeto, escuchar y buscar soluciones conjuntas. Las familias conocen profundamente a sus hijos e hijas, y los docentes aportan su conocimiento profesional y lo que observan en otro contexto. Ambas miradas se complementan.
En el día a día, recomendaría mantener una comunicación que no aparezca únicamente cuando hay un problema, compartir información que ayude a comprender al niño y preguntar antes de sacar conclusiones. También cuidar cómo hablamos unos de otros delante de ellos, evitando descalificaciones. Y esa disposición debe ser recíproca: las familias necesitan sentirse escuchadas y los docentes, respetados y apoyados. Esa complicidad se construye desde ambos lados, poniendo las necesidades de la infancia en el centro.
La gestión de los límites y las rabietas sigue siendo uno de los temas que más preocupan en la crianza temprana. ¿Cuál es el error más común que cometemos los adultos al intentar poner límites y cómo deberíamos abordarlo?
Creo que uno de los errores más comunes es interpretar las conocidas «rabietas» como un desafío personal o una lucha que debemos ganar. A mí me gusta hablar de «explosiones emocionales«, porque nos ayuda a entender lo que está ocurriendo: hay una capacidad de regulación todavía inmadura y un largo camino de aprendizaje por delante. Si a los propios adultos nos cuesta gestionar nuestras emociones en muchas situaciones, imaginemos el reto que supone para un niño pequeño.
En cuanto a los límites, a veces confundimos firmeza con dureza, o pensamos que un límite solo funciona si el niño lo acepta sin protestar. Y no es así: puede enfadarse y necesitar expresar su malestar, mientras nosotros mantenemos la decisión con calma. Acompañar su emoción no implica cambiar el límite.
Debemos procurar que los límites sean claros, coherentes y adecuados a su edad. En plena explosión emocional, los sermones ayudan poco: toca garantizar la seguridad, mantener nuestra presencia y utilizar pocas palabras. Podemos decir: «Veo que estás muy enfadado. No voy a dejar que pegues. Estoy aquí para ayudarte«, frenando el golpe si es necesario. Cuando recupere la calma, podremos hablar y enseñarle otras formas de expresar lo que siente.
El objetivo no es que deje de llorar cuanto antes, sino que, poco a poco y con nuestro acompañamiento, aprenda qué puede hacer con ese enfado sin hacerse daño ni dañar a los demás.

Hoy en día los niños crecen rodeados de estímulos digitales y un ritmo de vida muy acelerado. ¿De qué manera afecta esto a su capacidad de atención, juego libre y regulación emocional?
Creo que estamos trasladando a la infancia un ritmo de vida que incluso a los adultos nos cuesta sostener. Llenamos sus días de actividades, prisas y estímulos, y queda poco espacio para jugar sin un objetivo marcado, explorar o detenerse en algo que les interesa. Después les pedimos atención y calma, pero debemos preguntarnos si su día a día les permite desarrollarlas.
Con las pantallas, además del contenido y del uso que se haga de ellas, preocupa lo que pueden desplazar: conversación, movimiento, descanso y juego compartido. El juego libre no es un tiempo vacío que haya que llenar; es una oportunidad para imaginar, tomar decisiones, resolver dificultades y aprender a relacionarse.
También conviene revisar qué ocurre cuando recurrimos siempre a una pantalla para que no se aburran, dejen de llorar o toleren una espera. Puede resolver el momento, pero reduce las oportunidades de acompañarles a transitar esas situaciones y aprender, poco a poco, a manejarlas. No se trata de dejarles solos con su malestar, sino de estar disponibles para ayudarles.
Como familias, necesitamos apoyo y alternativas realistas, no culpabilidad. Yo apostaría por recuperar momentos cotidianos sin pantallas y sin prisas, y por revisar también nuestro propio ejemplo. La infancia necesita tiempo para jugar y adultos presentes con quienes compartirlo.
La conciliación familiar y laboral en la etapa de educación infantil sigue siendo muy complicada. Desde tu experiencia, ¿qué carencias notas que sufren las familias en la actualidad para compaginar la crianza y el trabajo?
Creo que una de las grandes carencias es la falta de tiempo y de apoyos reales para cuidar. A las familias les pedimos presencia, paciencia y disponibilidad emocional, pero muchas veces tienen que criar entre jornadas laborales difíciles de compatibilizar, preocupaciones económicas y una organización diaria que apenas deja margen para los imprevistos. Basta con que un niño enferme para que todo ese equilibrio se tambalee.
Necesitamos más flexibilidad laboral, corresponsabilidad en los cuidados y recursos educativos y de apoyo accesibles y de calidad. También dejar de dar por hecho que los abuelos y las abuelas siempre pueden sostener lo que el sistema no resuelve, o que será la madre quien renuncie a parte de su vida profesional.
Para mí, conciliar debe incluir la posibilidad de pasar tiempo con nuestros hijos e hijas, acompañarlos y disfrutar de la crianza. Ampliar horarios para cubrir las jornadas de trabajo puede ayudar a algunas familias, pero también necesitamos que el mundo laboral se adapte a las necesidades de cuidado.
Y hay algo que me parece fundamental: no podemos seguir tratando la conciliación como un problema que cada familia debe resolver por su cuenta. Cuidar de la infancia es una responsabilidad compartida, y las familias necesitan condiciones que hagan posible ese cuidado, sin vivir con la sensación constante de no llegar a nada.
Para terminar, si pudieras pedir un único cambio profundo en el sistema educativo actual para garantizar el bienestar emocional y el aprendizaje real de los niños, ¿cuál sería?
Pediría que la atención individualizada fuese una realidad en todas las aulas. Que cada niño y cada niña pudiera sentirse visto, escuchado y comprendido, con sus fortalezas, sus dificultades y su manera de aprender. Hablar de diversidad implica reconocer que no todos necesitan lo mismo para avanzar.
Pero ese cambio necesita condiciones que lo hagan posible: menos alumnado por aula, más profesionales de apoyo y tiempo para que los docentes puedan observar, formarse y coordinarse con las familias. No podemos exigirles un acompañamiento individualizado sin darles los medios para ofrecerlo.
Me gustaría una escuela donde preguntar, equivocarse o necesitar ayuda no genere vergüenza, y donde quien necesita un reto mayor también encuentre respuesta. Una escuela que cuide la curiosidad y el sentimiento de pertenencia. Para mí, el bienestar emocional y el aprendizaje deben formar parte de una misma manera de entender la educación.
¿Hay algún mensaje especial que quieras transmitir a las familias y docentes que te leen y te siguen en tu día a día?
Me gustaría agradecerles que compartan conmigo sus dudas, sus experiencias y sus ganas de seguir aprendiendo. Esa es una de las cosas que más valoro de Malumecuida: poder crear un espacio de encuentro en el que hablar de crianza y educación con cercanía y respeto.
Les diría que se permitan revisar lo aprendido, pedir ayuda y empezar de nuevo cuando lo necesiten. Educar también nos transforma a quienes acompañamos. A veces, un pequeño cambio en nuestra manera de escuchar, de poner un límite o de interpretar una conducta abre una posibilidad nueva en la relación con un niño.
Y, sobre todo, que sigamos trabajando juntos para que la infancia pueda vivirse con tiempo, juego, afecto y respeto. Me hace especial ilusión compartir esta mirada en Ourense, mi tierra, y que encuentros como este nos permitan escucharnos y seguir construyendo comunidad.

