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El cultivo del olivo en Galicia crece con fuerza en Ourense

El cultivo del olivo en Galicia, antaño relegado a un segundo plano por las condiciones climáticas y la fuerza de otros sectores agrarios, vive hoy una segunda juventud.

Provincias del interior como Ourense se están consolidando como nuevos territorios olivareros, con producciones que combinan tradición, innovación y una clara orientación hacia la sostenibilidad.

El cultivo del olivo en Galicia crece con fuerza en Ourense

La búsqueda de productos de alta calidad y el cambio climático están reescribiendo el mapa del aceite gallego.

El cultivo del olivo en Galicia crece con fuerza en Ourense

Un cultivo con raíces históricas

Aunque muchas veces se asocia el olivar con Andalucía o Extremadura, la historia de Galicia con este árbol milenario se remonta a siglos atrás. Ya en la Edad Media, el aceite gallego era un producto muy apreciado en los monasterios, y Ourense fue una de las provincias donde el cultivo tuvo mayor presencia. En zonas como Valdeorras, O Ribeiro o la comarca de Monterrei se conservan todavía topónimos y restos de antiguos lagares que testimonian aquella tradición.

La desaparición del olivar gallego

El declive del olivar en Galicia se produjo entre los siglos XVII y XIX, por una combinación de factores económicos, políticos y naturales. Uno de los episodios más determinantes fue la orden del cardenal Cisneros en 1489, que impulsó la tala de olivares gallegos para favorecer la producción del centro y sur peninsular, destinados a abastecer la Corte y la Iglesia. A este hecho se sumaron las condiciones climáticas adversas, especialmente las heladas y la alta humedad, que dificultaban la rentabilidad del cultivo en muchas zonas.

Durante los siglos posteriores, la expansión del viñedo y del maíz desplazó al olivo en amplias comarcas de Ourense, donde los agricultores optaron por cultivos más productivos y seguros frente a las inclemencias del tiempo. Además, la falta de infraestructuras para la molturación y la escasa demanda interna redujeron el incentivo de mantener olivares activos. Todo ello provocó que, a mediados del siglo XX, el olivar gallego quedara reducido a pequeñas explotaciones familiares, muchas veces destinadas solo al autoconsumo.

Ourense, motor del renacer olivarero

La provincia de Ourense se ha convertido en los últimos años en epicentro de la expansión del olivar gallego. Municipios como Monterrei, A Rúa, Castrelo de Miño o Cenlle albergan ya plantaciones modernas que aprovechan los microclimas cálidos de los valles interiores. Estas zonas, con veranos secos y suaves inviernos, ofrecen condiciones idóneas para variedades autóctonas como la “brava galega” o para otras de alta calidad como la arbequina y la picual.

La iniciativa de pequeños productores, cooperativas y emprendedores está permitiendo el desarrollo de aceites vírgenes extra con personalidad propia. El trabajo de entidades como Aceites Abril, Olicastro o pequeñas almazaras familiares ha situado el aceite gallego en competiciones nacionales e internacionales, donde ha sido reconocido por su sabor equilibrado y su origen atlántico.

Sostenibilidad y economía rural

El olivar gallego no es solo una oportunidad económica, sino también una herramienta de sostenibilidad ambiental y social. Este cultivo contribuye a fijar población en el rural, recupera tierras abandonadas y favorece la biodiversidad. En Ourense, la conversión de antiguos viñedos o fincas en desuso en olivares modernos ha supuesto un alivio frente al despoblamiento.

Además, muchos productores apuestan por técnicas ecológicas y modelos de economía circular. El aprovechamiento de los restos de poda como biomasa, el uso de cubiertas vegetales para conservar la humedad o la integración del olivar con la apicultura y la ganadería extensiva son prácticas cada vez más habituales.

El valor añadido del aceite gallego

El aceite de oliva virgen extra producido en Galicia destaca por su sabor afrutado, con notas frescas y un toque de amargor que lo diferencia de los aceites del sur peninsular. Su calidad ha impulsado la creación de marcas con sello de origen gallego, que refuerzan el valor del producto en mercados gourmet y tiendas especializadas.

La apuesta por la trazabilidad y la certificación ecológica también está ayudando a abrir nuevas oportunidades comerciales. En este sentido, el sector trabaja para lograr una Denominación de Origen Protegida (DOP) que ampare la producción gallega y refuerce su identidad.

Retos y futuro del sector

Pese a los avances, el olivar gallego todavía afronta importantes desafíos. La falta de relevo generacional en el campo, el pequeño tamaño de las explotaciones y los costes de producción son algunos de los principales obstáculos. Sin embargo, el interés creciente de los consumidores por los productos locales y sostenibles abre una puerta al optimismo.

El apoyo institucional, a través de programas de modernización agraria y ayudas a la transformación agroalimentaria, será clave para consolidar este renacer. También lo será la formación técnica y la cooperación entre productores, esenciales para profesionalizar el sector y mejorar la comercialización.

Un horizonte prometedor

El olivar gallego ha pasado de ser una curiosidad a convertirse en un símbolo de la nueva agricultura del noroeste. En Ourense, donde el paisaje rural se reinventa con cada cosecha, el cultivo del olivo representa una oportunidad para construir un futuro más verde, arraigado en la tierra y abierto al mundo.

El aceite gallego, fruto de un equilibrio entre tradición y modernidad, se abre paso en las mesas y en los mercados como uno de los nuevos tesoros del agro ourensano.

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