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El rechazo de ICOMOS destapa las mentiras de la Ribeira Sacra

La «Ribeira Sacra» a examen: El rechazo de ICOMOS da la razón a FEARS y Ecoloxistas en Acción – Erva Galicia.

Texto de José Antonio Regueiro Docampo.

El rechazo de ICOMOS destapa las mentiras de la Ribeira Sacra

El rechazo de ICOMOS destapa las mentiras de la Ribeira Sacra

​La memoria de la tierra no se escribe en los despachos santiagueses ni en los folletos de propaganda turística; se guarda en los surcos de las manos de quienes pasamos de los setenta años. Somos los auténticos ribeiraos, hijos legítimos de las orillas verticales del Miño y del Sil, criados bajo el murmullo de unos ríos que hoy agonizan. Jamás, en la larga cadena de silencios y sabidurías de nuestros padres, abuelos o de aquella bisabuela que llegamos a conocer, escuchamos el término «Ribeira Sacra». Nadie lo nombraba, porque las palabras verdaderas nacen del suelo, no de los equívocos.

El origen del error: De «Robledal Sagrado» a marca comercial

​Hoy asistimos a la consumación de una tragedia silenciosa: la deformación impúdica de nuestra geografía y nuestra historia con fines estrictamente mercantiles. Todo parte de una falsedad fundacional, de un tropiezo de pluma en el siglo XVII cuando fray Antonio de Yepes tradujo erróneamente el documento que en 1124 firmaran la reina doña Teresa y el conde de Traba para el monasterio de Montederramo. Aquel pergamino no hablaba de aguas, sino de árboles: Rovoyra Sacrata, el Robledal Sagrado. Un ecosistema inmenso y sabio que abarcaba de forma natural todos los pisos ecológicos, desde los limos de las orillas hasta las altas cumbres y las penillanuras montañesas. Aquella reina y aquel conde no se equivocaron; conocían la tierra que pisaban.

El rechazo de ICOMOS destapa las mentiras de la Ribeira Sacra
Recreación de la ribera de Santa María de Viñoás. De izquierda a derecha: el aspecto original de la casa de la Asamblea (hoy modificada), el Pacio de Alonso Fernández de Ramuín (actualmente en ruinas) y el templo católico actual.

​El magisterio de hoy y las instituciones políticas cometen una grave injusticia al enseñar a los niños una geografía inventada. Llaman «ribeira» a las cumbres y a las llanuras altas de la montaña, disolviendo una distinción que para cualquier paisano es elemental: si estás en la altura, dices «vas pra ribeira»; si habitas el cañón, «vas pra montaña». Olvidan, en su ignorancia deliberada, que la Ribeira con «b» evoca los cauces caudalosos, los mares y los abismos fluviales, mientras que la rivera con «v» pertenece a los regatos, rigueiros y humedales menores.

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Por qué ICOMOS y los colectivos vecinales frenan la candidatura

​No es de extrañar que la oposición a esta candidatura a Patrimonio de la Humanidad de la Unesco crezca desde abajo. Historiadores y geógrafos de nuestras universidades llevan tiempo denunciando la aberración de meter bajo la marca «Ribeira» a llanuras ganaderas o tierras altas como Montederramo, Castro Caldelas, Pantón, A Barrela, A Peroxa, Luintra o la Terra de Lemos. Colectivos vecinales, articulados en la Federación de Asociaciones de la Ribeira Sacra (FEARS), claman contra un diseño hecho «desde los despachos» y de espaldas a los habitantes reales. Hasta el propio dictamen técnico de ICOMOS (organismo asesor de la Unesco) terminó por paralizar el expediente, avergonzado ante una macrodelimitación artificial que pretendía vender como «paisaje cultural» un entorno desfigurado por el hormigón.

El impacto de los embalses y la falsa «viticultura heroica»

​Mires a donde mires, el paisaje tradicional está roto. Donde antes latía un río vivo, hoy imperan las autopistas de acero y cobre, el tendido eléctrico y las grandes moles de cemento de los embalses hidroeléctricos de los años cincuenta y sesenta. Con ellos se ahogó una parte de nuestra historia más heroica. ¿Quién se acuerda ya de cuando el Miño y el Sil eran las arterias comerciales de la provincia? Aquellos tiempos en que la madera de nuestras laderas se transportaba flotando río abajo, desafiando las corrientes en un viaje limpio hasta la ciudad de Ourense para su venta. Hoy, esa proeza sería un imposible absoluto, bloqueada de raíz por los saltos y los muros insalvables de las hidroeléctricas que secuestraron el curso de nuestras aguas.

​Nos hablan ahora, con un romanticismo de postal, de la «viticultura heroica». Otra falacia que ofende al pasado. De heroico ya no queda nada en unas viñas donde impera la maquinaria, los artilugios eléctricos y el zumbido de los drones. El transporte ya no conoce los pelexos de chivo ni el paso cansado de los arrieros. Hoy todo es acero inoxidable —frío producto mineral— y abonos químicos.

Lo heroico era rozar el estrume a golpe de riñón; lo heroico era el acarreo al lombo por pendientes suicidas, abrir las gavias de medio metro y alimentar la vid con el abono natural de la tierra. Aquellos cestos culeiros de setenta kilos, tejidos con maderas nobles de castaño y salgueiro, eran el verdadero testimonio ecológico de una alianza mística entre el hombre y el suelo. Hoy, las cubas de madera han desaparecido; las bodegas paisanas están derrumbadas y no queda en pie un solo cabaceiro o una cuadra campestre.

El abandono de la Galicia vaciada tras el escaparate turístico

​La tragedia de estas riberas milenarias es la de la Galicia vaciada y traicionada. Las políticas del olvido, la falta de inversión y el desprecio al agro empujaron a nuestros jóvenes hacia la costa atlántica industrial, convirtiendo el interior de Ourense y Lugo en un geriátrico a cielo abierto. En los cauces de los ríos ya no queda una trucha, ni una anguila, ni un sábalo, ni un salmón; tampoco barcas que crucen de una orilla a la otra. El tradicional rianxo temprano ya nadie lo cultiva, ahogado por las cargas fiscales y el desinterés institucional.

​Mientras una orilla del río la desgarra el ferrocarril y la otra una autorruta que destrozó el patrimonio natural, nos preguntamos qué beneficio real buscan: si el de los ribeiraos, paisanos agricultores y cosecheros humildes, o el de los ricos empresarios de los grandes trusts. Las riberas fueron vaciadas de sus verdaderos héroes. Solo nos queda el paisaje herido y el lamento de unos pocos ancianos de más de setenta años que contemplamos, con el corazón apretado por la tragedia, cómo se apaga el alma de nuestras orillas milenarias bajo el barniz dorado de una marca registrada.

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