La Numancia de Ourense: Crónica de una Resistencia Olvidada. Artículo de José Antonio Regueiro Docampo.

La Numancia de Ourense: Crónica de una Resistencia Olvidada

I. El Grito del Refugio Atlántico: Los Héroes de la tierra del Trigo y del Centeno
El 22 de abril de 1909, el aire en el valle de Oseira no traía el aroma del polen, sino el eco metálico del toque de rebato. Desde las aldeas de Cea y San Cristovo, los herederos de la Iberia Atlántica abandonaron sus arados para defender el «Escorial de Galicia».
El obispo Ilundáin, en un acto de autoritarismo ciego, pretendía despojar al monasterio de su baldaquino. Pero el pueblo no veía solo madera y piedra: veía su identidad. Armados con la fuerza de su linaje y la nobleza de quienes trabajan el cereal, cientos de labriegos se convirtieron en una muralla humana, transformando el monasterio en su propia Numancia cristiana.
II. El Sacrilegio de la Pólvora: Manuela González y el Valor Prohibido
Bajo las bóvedas milenarias estalló el estruendo de la traición. El sargento de la Guardia Civil ordenó abrir fuego contra hombres y mujeres que no retrocedían. En medio del humo surgió la figura de Manuela González Rodríguez, más tarde recordada en coplas y cantos de ciego como María de la O, en honor a la Virgen de la Leche que habita en el monasterio. Embarazada, portando en su vientre el futuro de Ourense, se mantuvo firme ante los fusiles. Los disparos no distinguieron entre el acero de los aperos y la vulnerabilidad de un pueblo.
Aquel día, y en los posteriores, la inocencia de una provincia fue acribillada. Cayeron la joven María Paz Fernández, de apenas 14 años; Manuela Couso, quien falleció por un cobarde disparo por la espalda mientras protegía a un niño en sus brazos; y el anciano Manuel González Guerra, que con más de 70 años no dudó en defender lo suyo. Junto a ellos, cinco almas más se elevaron, víctimas de un martirio que prefirió la sangre antes que la paz social y el diálogo.
La Última Defensa: Manuela González Rodríguez («María de la O»), con su vientre lleno de futuro y su mirada fija en el autoritarismo, personificó el valor indomable de un pueblo que prefirió el sacrificio antes que la rendición. Su nombre es el eco eterno de la dignidad gallega.
III. La Procesión de las Llagas: El Dolor llega a la Capital
La tragedia no terminó en el atrio. Aquella tarde, una hilera de carros de vacas emprendió el camino hacia la ciudad de Ourense. Sobre lechos de paja teñidos de púrpura yacían los heridos, con el plomo de la injusticia en sus cuerpos. El chirrido de los ejes al entrar en las calles empedradas fue el lamento que despertó a la ciudad. Al ver los rostros desencajados de los labriegos, el pueblo ourensano comprendió que lo ocurrido en Oseira era una matanza que clamaba al cielo.
IV. El Despertar de las Burgas: La Exaltación de la Ciudad
La indignación corrió por la calle del Paseo y la plaza Mayor. Ourense capital, habitualmente serena, se volcó en el hospital para atender a los supervivientes. Las plazas se convirtieron en foros de protesta contra el obispado y la crueldad de los fusiles. Aquella unión entre el arado y la urbe selló para siempre la memoria de una jornada donde la Ciudad de las Burgas clamó justicia por sus hermanos del campo.
V. El Botín Silencioso: Un Clamor por la Memoria
Hoy, la fuente de los Jardines del Obispo Cesáreo se levanta con los restos del expolio. No es un simple ornato; es un botín silencioso. Cada gota de agua es un homenaje a quienes cayeron defendiendo su tierra. Desde aquí, pedimos que el Ayuntamiento de Ourense y el de Cea rompan el olvido: es de justicia dedicar un monumento y un espacio digno a la memoria de estos valientes, con una mención especial a la heroína Manuela González, la «María de la O» de nuestra historia. Para el paseante es arquitectura; para nosotros, es el eco de un pueblo que prefirió el sacrificio al olvido.
¡Que esta crónica sirva para que el heroísmo de Oseira y de sus mártires viva para siempre en la memoria de Ourense!
Por: José Antonio Regueiro Docampo
XXlll, IV, MMXXVI,

