Hay lugares que concentran, en unos pocos metros cuadrados, la historia de las injusticias de un pueblo. El jardín del Posío, en Ourense, es uno de ellos.
Lo que hoy muchos contemplan como un simple espacio de asfalto y juego fue, en su origen, un pastizal comunal; la huerta del concello, el sustento vital de los vecinos y ganaderos de la periferia.
El Posío: de la usurpación ilustrada al parque de cemento
Su transformación no fue el fruto del progreso natural, sino de una usurpación burocrática, una prevaricación histórica y un flagrante abuso de autoridad que hoy, en pleno junio de 2026, culmina en el más absoluto de los despropósitos.

La herida se abrió a mediados del siglo XIX. Bajo el amparo del Estado liberal español y sus leyes de desamortización, el Concejo de Orense asumió la titularidad jurídica de unos bienes que, por derecho consuetudinario, pertenecían al pueblo.
En 1846, el alcalde Juan Lebrón actuó como cómplice necesario de esta prevaricación al arrebatar a los vecinos la huerta que legítimamente tenían arrendada. Pocos años después, en 1850, el alcalde Evaristo Pérez Miranda se encargó de blindar institucionalmente el atropello, cerrando la puerta a cualquier reclamación de las clases rurales.
¿Un Jardín Botánico?
Para justificar el expolio, las autoridades de la época se vistieron con el ropaje de la Ilustración y la ciencia. Catedráticos de Historia Natural del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, como Higinio Aragoncillo de Villar, promovieron la creación de un jardín botánico para la «juventud instruida». El pretexto del «interés público» se impuso éticamente sobre el derecho de subsistencia de los más humildes.

No hicieron falta cargas policiales sangrientas; la violencia fue burocrática y coercitiva. Se levantaron altas verjas de hierro, se apostaron guardias armados y se asfixió a los ganaderos con multas económicas inasumibles que terminaron por ahogar su resistencia. Les quitaron el pan para darles ciencia.
Posteriormente, figuras de renombre como el catedrático Eduardo Moreno López —continuador de la saga botánica y autor de avanzados manuales entre 1920 y 1950— o Manuel de la Escalera, en colaboración con el mismísimo Otero Pedrayo, consolidaron aquel espacio como un reducto de las letras y las ciencias naturales.
Con el tiempo, el pastizal comunal se dulcificó en un parque romántico, adornado con flores, hermosas palmeras y esculturas, coronado por la imponente fuente barroca del monasterio de Osera. Se cometió una injusticia contra los humildes, sí, pero al menos el espacio conservaba una alta dignidad académica y paisajística. Orense tenía hectáreas de terreno de sobra para hacer un jardín sin necesidad de robárselo a los desposeídos, pero eligieron el Posío.
La última renovación
Lo verdaderamente trágico es presenciar en qué ha quedado hoy aquel sacrificio histórico. Este mes de junio de 2026, asistimos a la última y más grotesca metamorfosis del parque: su conversión en un área infantil plastificada, rematada con un suelo de cemento de un gusto más que dudoso.
Se ha borrado de un plumazo el espíritu científico para el que fue creado y por el que se prevaricó en 1846. Aquel Orense del siglo XIX cometió un abuso imperdonable contra sus ciudadanos más indefensos en nombre del progreso y el conocimiento; el Ourense de hoy, sin embargo, comete el pecado de la vulgaridad y el olvido. Si es triste recordar la violencia institucional que despojó a nuestros antepasados de su tierra, resulta desgarrador ver cómo ese legado de resistencia e historia se disuelve ahora bajo una capa de hormigón artificial. El Posío ya no es pastizal, ya no es botánico; es el reflejo de una ciudad que parece haber perdido el respeto por su propia memoria.
José Antonio Regueiro Docampo (José dé Viñoás)

